¿Nos ponemos un burkini?

Burkini Abracadabra

Difícil tema el del burkini. En mis vacaciones playeras de este verano, mientras me bañaba en el mar Mediterráneo con mis hijos, se colocaron a nuestro lado un grupo de mujeres que lo utilizaban. Formaban un colectivo heterogéneo, de jóvenes y adultas que, imaginé, pertenecían a una misma familia. Debo decir que no me inspiraron temor ni compasión y que, incluso, cuando nuestra pelota se nos escapó en su dirección un par de veces, parecieron divertidas al lanzárnosla de vuelta. Desconozco si pueden o no hacerlo en función de esos mismos preceptos que les impiden descubrir sus cuerpos en las playas, el caso es que nos pasaron el balón entre risillas y chascarrillos antes de seguir su baño colectivo con sus conjuntos de moda.

Por una parte, es muy posible que sin la existencia del burkini esas mujeres no habrían podido darse un baño, o se habrían visto obligadas a hacerlo —como yo lo vi hace años en el mar Rojo de Egipto— con sus humillantes y grotescos sayos de diario. Así que, en cierto modo, alabado sea este pequeño avance para las musulmanas. Por la otra, y como denuncia una de las portavoces de la Asociación de Iniciativas para la Protección del Derecho de las Mujeres, musulmana marroquí para más señas: “El burkini es una falsa libertad, ya que se lleva por imposición y no por elección”.

burquiA mí nunca me ha gustado prohibir. Y no tengo muy claro que las razones de salud e higiene que están justificado su prohibición de uso en las piscinas europeas sean o no válidas. No me parecen prendas tan distintas a las camisetas o los trajes de neopreno que algunos niños y adultos de piel clara necesitan utilizar como protección solar. Así que… no sé yo. Aunque me formulo una pregunta: ¿qué nos parecería encontrarnos con una multitud de monjas y de sacerdotes bañándose en las playas y piscinas españolas con sus hábitos y sus sotanas? Extraño, anacrónico y censurable, seguramente. Por tanto, la cuestión fundamental no es si el tejido y el corte del burkini es o no saludable, ni si cada uno puede bañarse como quiera donde le dé la gana, sino si la cultura occidental debe permitir la presencia de estos símbolos de la opresión, la tiranía y la cerrazón humanas en el interior de sus fronteras. ¿Tú también te has dado cuenta, verdad? Cada vez hay más y más velos islámicos en nuestras calles. ¿Para qué vienen —o continúan— aquí esas personas si sus creencias son tan opuestas a las nuestras? No lo entiendo. Tal vez su propósito sea, en realidad, el mismo que abanderan algunos de los imanes más radicales del mundo: conquistarnos para someternos a su tiranía.

images-1En conclusión, y resumiendo, del mismo modo que Esquilache prohibió en la España del siglo XVIII las capas largas y los sombreros de ala anchísima para eliminar la impunidad, la delincuencia y la insalubridad —aunque, todo sea dicho, le costó un motín de órdago—, abogo por la supresión total del uso de estas prendas en nuestras sociedades. Del burka, del velo y del burkaka. Y al que no le guste, que no venga. Solo entonces, cuando en nuestras ciudades sea imposible ver a ninguna mujer obligada a vestir contra su voluntad estos atuendos opresivos, podremos permitir que, quien lo quiera —por moda, por gusto o por salud—, utilice algún tipo de burkini. Pero nunca por motivos religiosos ni imposiciones forzosas.

Y entre tanto, en los países islámicos fundamentalistas, bienvenido sea ese burkini.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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