Le llamaban “hinchamaño”

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A Chorche no le gustaba la Champions. Para él, la última competición internacional de clubes que había colmado sus expectativas era la Recopa del 95, con el golazo de Nayim y la explosión incontrolable en esa grada parisina en la que se abrazó a todo quisqui con la voz quebrada, los ojos entornados y lágrimas de alegría desfilando furtivas, pero orgullosas, desde sus lagrimales. Qué distintos eran ahora el llanto, las sensaciones y los sentimientos que le transmitía su equipo. No podía soportar el tedio, la mediocridad, la sinrazón ni el desencanto que le producía ver a su Real en ese infierno plano, injusto y devastador que es la Liga Adelante. Para él, la culpa no era solo de Agapito, sino de tantos y tantos políticos deshonestos, de tantos buscavidas, de tantos abrazafarolas interesados, de tantos periodistas que alabaron, bendijeron y después callaron, de tantos representantes abyectos y de todos esos futbolistas mediocres que habían sangrando las arcas y el prestigio de semejante club histórico con el beneplácito del resto.

Chorche era un zaragocista de raza, de los que lamentaban que sus hijos flirtearan con los merengues, los indios o los culés ante la ausencia mediática y triunfal de su Real Zaragoza. Los llevaba a La Romareda cada día de partido, exultantes y optimistas, deseosos de celebrar una nueva victoria blanquiazul y bien abastecidos de chucherías para que terminasen asociando la experiencia del partido a sensaciones agradables con independencia del juego y el resultado blanquillos. Pero luego, en los finales de Liga, en las finales de Champions y en los partidos estrella, los chiquillos no podían evitar tomar partido por unos o por otros, lo cual le congestionaba a Chorche el hígado cada vez que sucedía. Al mediano le arreó un bofetón histórico —que le hubiese costado la custodia de haber habido testigos— el día en que le pidió para su cumpleaños una camiseta de Messi.

—Si quieres ser del Barcelona, te vas a vivir allí y te nacionalizas —le soltó tras el guantazo, sin que el chiquillo comprendiera nada y ante la expresión recriminatoria de su madre.

El hombre era temperamental y muy sentido. Noble, directo, pero más bruto que un arado llevado sobre el hombro. O se lo aceptaba, y todos terminaban queriéndolo en tal caso, o se le detestaba. No había punto medio.

Ahora andaba abotijado, nervioso, casi desquiciado. Tras la decepción de Soria, que le sumió en un principio de crisis existencial descontrolada, le siguió un nuevo fiasco arbitral en el partido contra el Nástic, con el que batió el récord mundial de repetición de blasfemias. Pese a todo acompañó al equipo a Huesca, y allí se desinfló como un preservativo usado ante la falta de actitud, cobarde y despreciable, de aquel entrenador y aquellos jugadores tan mediocres.

El calendario solo le ofeció tres días para reponerse. La visita decisiva del Oviedo le llevó a La Romareda con las pilas recargadas, reinventado, con esa resignación y ese optimismo crónicos, más ilusionado que fundado, que los zaragocistas llevamos amasando durante la última década.

Picoteó un par de gominolas de sus hijos y se le atragantaron al comprobar cómo había empezado el partido aquel equipo de flanes blanquillo. Celebró el gol de Guitián antes incluso de que los colegiados le dieran validez, y se abrazó a sus pequeños al terminar el encuentro, blandiendo su bufanda en círculos como si no hubiera mañana.

Quedaban cinco finales por delante y un ascenso que celebrar. Después, una etapa provisional de uno o dos años en el purgatorio de una primera división enfocada a salvar cuanto antes la categoría, y por fin el resurgimiento del equipo de su corazón, ese al que amaba tanto o más que a su parienta; al cual sus hijos podrían ver, por fin, jugándole de tú a tú al Madrid y al Barcelona, viajando y ganando partidos, y finales, por Europa.

Así se relamía Chorche bajando desde el campo por el paseo de la Independencia, llevando de la mano a dos de sus pequeños, cuando el chiquitín le apretó los nudillos con sus menudos dedos:

—Papá, si el domingo perdemos contra el Llagostera, ¿jugaremos también la promoción?

Y Chorche regresó de golpe a la realidad. Cruda e intragable como un carpaccio de ternera de diez centímetros de grosor.

—¡Cómo vamos a perder, hijo mío —le respondió en voz alta—, si somos el Real Zaragoza y nos jugamos ascender!

 

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 139, 22.08.16

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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