Concurso de agencias

Business Advertising. Stand Out. Business concept.

Imaginaos que tenemos una avería en tres grifos de nuestra casa y, en vez de avisar a un fontanero de confianza y pedirle un presupuesto, llamamos a tres y les pedimos que cada uno repare uno de ellos al tiempo que nos presenta sus tarifas. Y que después, en función del trabajo realizado, decidimos cuál de ellos preferimos, comunicamos a los otros dos nuestro rechazo y abonamos una única factura al fontanero elegido.

O que después de haber notado síntomas de enfermedad en nuestro cuerpo, acudimos a tres médicos distintos, les pedimos un diagnóstico y, comparando los informes de cada uno de ellos, nosotros mismos decidimos cuál es el que nos conviene.

¿Os chirrían los ejemplos? Eso es porque no trabajáis en publicidad. En esta profesión, son prácticas frecuentes. Se llaman concursos de agencias y consisten precisamente en eso, en presentar un proyecto y un briefing de comunicación a varios competidores —previamente seleccionados por su fiabilidad, profesionalidad, porfolio de trabajos y experiencia— y ponerlos a trabajar en él, de manera no remunerada, antes de elegir al proveedor definitivo. Después es el propio cliente, entre las ideas y las asignaciones económicas propuestas, quien decide qué opción le conviene. Ganar un concurso de este tipo se convierte en un magnífico estímulo, un subidón profesional que llena de entusiasmo a todo el equipo. Perderlo, por una mera cuestión de probabilidades, suele ser lo más frecuente.

Lo malo no es haber dedicado tiempo, conocimientos y esfuerzo de manera gratuita y no recuperable. Ni habernos ilusionado y hecho propio —la única manera de realizar un buen trabajo— un proyecto del que al final debemos despedirnos. Ni siquiera habernos sorbido los sesos hasta dar con el concepto, el eslogan y la gráfica adecuados para ese potencial cliente y sus circunstancias. Lo verdaderamente malo es cuando te encuentras convencido al cien por cien de haber desarrollado una propuesta ganadora, idónea para el briefing recibido, y el cliente no es capaz de comprenderlo —o tú de hacérselo entender— y se decanta por un opción que, objetivamente, entiendes inferior, menos resolutiva y fiable. Lo peor es cuando te dicen que estaban dudando entre dos alternativas que les gustaban mucho (una de ellas la nuestra) y que al final han tenido que elegir sin saber muy bien por qué. Porque ambas eran excelentes.

Lo paradójico es que, después de este proceso, si la campaña no funciona, la culpa es de los creativos, los diseñadores y los publicistas, que mira que son suyos.

Por eso, cuando nos encontramos un cliente que confía en nosotros desde el primer momento, que nos permite escucharlo, asesorarlo y estimularlo codo con codo, y que hace posible construir una relación de mutua confianza y compromiso, las agencias lo vivimos como una verdadera bendición profesional. Y, curiosamente, a largo plazo, la eficacia de la comunicación corporativa crece de manera exponencial hasta alcanzar los objetivos planteados.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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