Un inyección de entusiasmo

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La actividad literaria nos depara en ocasiones experiencias de vida realmente excepcionales. Una de ellas es participar en la iniciativa Un cuento, una sonrisa, que lleva 14 ediciones (y 7 años) repartiendo ilusión, diversión y bocados de literatura a los niños y las niñas del hospital infantil de Zaragoza. El pasado miércoles 1 de junio tuve la suerte de acudir, invitado por María Pilar Callizo —la impulsora del proyecto—, al aula hospitalaria del Miguel Servet para leer a estos pequeños un par de mis libros cabezudos. Escogí, de todos ellos, El Robaculeros y La Pilara. Y mientras yo me dedicaba a los más pequeños (hasta 10-11 años), otro escritor, Alejandro Corral, leía a los mayores una de sus novelas breves.

Estos niños son encantadores. Cuando las dos chiquitinas, Paula y Aitana, entraron surfeando sobre sus dispositivos de goteo, divertidas y preciosas con sus cabecitas rapadas, debo reconocer que me cautivaron el corazón y que me acordé de Silvia, la benjamina de mi casa. Ya estábamos todos. Junto a ellas, Lidia, Lucía, María, Adrián y Eneko, estos dos últimos con sus mascarillas y formando un tándem fabuloso de compenetración y cariño, tanto que el mayor era capaz de “traducir” al más pequeño para que todos pudiéramos entender con claridad lo que decía.

Como suele ser habitual, el efecto cabezudo también funcionó con esta tropa de chavalería. El tirón de estos personajes carismáticos de nuestra ciudad, el recuerdo de sus canciones, las espectaculares ilustraciones de Ignacio Ochoa y, por qué no reconocerlo, el interés desenfadado de mis textos, los mantuvo pendientes un cuento tras otro, mientras salpicábamos las historias con comentarios, experiencias y todo tipo de aportaciones personales.

Pero fue después de la lectura y el canturreo más bien poco afinado de un par de canciones cabezudas cuando llegó lo mejor. Me quedé un buen rato jugando con ellos, viendo cómo recibían sus regalos, observando cómo montaban pulseras las mayores y siendo sometido a varios chequeos médicos, muy divertidos, por parte de las chiquitinas, que manejaban como nadie sus maletines médicos de juguete Doctor Kid de Diseco. Me auscultaron, me exploraron la garganta y los oídos, me sacaron sangre, me pusieron inyecciones gigantescas e incluso me aplicaron crema y me prepararon medicinas. Salí de aquella aula con más salud emocional que antes, exultante y renovado. De igual modo estuve hablando un rato con Adrián, un chaval muy desenvuelto que me comunicó su madridismo. Hablamos sobre la reciente final de Champions, su celebración tras la victoria blanca, y sobre los lanzamientos de penalti. Me confesó que, antes de su enfermedad, cuando jugaba en el Delicias, él también falló —como el atlético Juanfran— una pena máxima. Yo le dije que mi hijo mayor era el especialista en su equipo, que los tiraba todos, y que también había fallado uno hacía poco. Después me lo pasé genial viendo al pequeño Eneko, con su caja de herramientas de juguete, reparar la pared celosamente con sus utensilios de colores. Todavía tuve tiempo de probar la imaginaria comida que me preparó en su cocinita una de las más pequeñas, a la que regalé un clavel rosa que, de inmediato, quiso compartir con su mamá.

Salí del aula emocionado, agradecido por esa inyección de humanidad, alegría, ejemplo de superación y buen rollo que los niños —y sus profesores— nos habían regalado. Ojalá pueda volver a ver pronto a todos esos peques del aula hospitalaria del Miguel Servet, corriendo delante de esos mismos cabezudos que nos han unido.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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