La señal del banderín

Abrapalabra Aragón Deportivo

Natalia siempre ha sido una apasionada del fútbol. Sus padres eran incondicionales del Real Zaragoza y, desde muy niña, los acompañaba a La Romareda con su peque-abono y se sentaba en las rodillas de papá unas veces, y de mamá otras, mientras comía chuches y pipas disfrutando del ambiente. Conforme fue creciendo, los partidos del fin de semana se convirtieron en su principal entretenimiento, el cual aguardaba ansiosamente desde el domingo a última hora. Sus amigas la consideraban un chicazo. Casi siempre iba con un balón de cuero bajo el brazo y prefería sumarse a los partidos de los chicos que quedarse hablando con ellas de sus cosas. Comenzó a jugar en el Transportes Alcaine y no se le daba mal del todo, pero pronto su pasión futbolística derivó hacia una modalidad inesperada: quería ser árbitro. Y a ello se dedicó con esa voluntad inquebrantable que la caracterizaba, instalándose en Barcelona y protagonizando una meteórica carrera que la convirtió en árbitro asistente de 2ª B en poco más de diez años.

Joaquín había destacado en División de Honor de juveniles, lo que le había permitido firmar por el equipo de Segunda B de su ciudad. Había estado a punto de abandonar sus estudios, pero finalmente su madre lo había convencido para que intentara compatibilizar la carrera de Derecho, a su ritmo y sin agobios, con su nueva actividad profesional. No tenía pareja, ni tiempo ni ganas de encontrarla. Algo parecido le pasaba a Natalia, quien había cortado un semestre antes con su último novio, un técnico de sonido catalán que se había hartado de no verla los fines de semana y de mendigar una relación permanentemente ninguneada por la chica. Ella estaba bien así, libre, sin ataduras, centrada en su carrera arbitral y ajena a los vaivenes del corazón que, en su caso, le resultaban tan insípidos como prescindibles.

Nada diferenció aquella tarde de partido de cualquiera otra. Natalia entró en el vestuario arbitral como de costumbre, se cambió de ropa, se recogió el cabello en una cómoda coleta y revisó su cronómetro y los dispositivos inalámbricos con minuciosidad. Era la primera vez que arbitraba como profesional en su ciudad natal, en concreto en La Almozara, y aunque llevaba varios partidos de experiencia en la categoría todavía sentía un cierto cosquilleo estomacal cuando se colocaba en formación, junto a sus compañeros árbitros y a los jugadores, en el acceso al campo antes de saltar al césped. Se sentía exultante en ese instante, protagonista de uno de esos partidos de fútbol de élite a los que sus padres, que ese día estaban en la grada, la llevaban de pequeña.

Nada anormal ocurrió durante el primer tiempo. Natalia cubría los ataques del equipo local, que dominaba el juego y ambas áreas. Fue en el segundo periodo, tras la primera sustitución de los arlequinados, cuando los astros se alinearon para cambiarlo todo. La colegiada asistente no reparó en él, salvo al anotar en su libreta el dorsal de la sustitución, hasta que levantó su banderín para señalizarle un fuera de juego muy dudoso y el delantero se giró enfadado hacia su zona. Su protesta se frenó de golpe cuando sus miradas se cruzaron, intensas, penetrantes, significativas, y una chispa de pasión surgió de tal manera que silenció los exabruptos de Joaquín, quien se quedó boquiabierto.

Continuaron mirándose: Natalia con el banderín en alto, Joaquín con los brazos en jarras. El juego se reanudó y ambos, descentrados, tardaron un poco más de lo normal en ser conscientes de ello. Los dos intentaron comportarse el resto del partido con la profesionalidad exigida, aunque no pudieron evitar seguir cruzándose miradas furtivas de manera ocasional, intensas y expresivas, en una comunicación extraverbal que ambos entendían.

Joaquín anotó el gol de la victoria y corrió hacia el banderín que Natalia abandonó en la dirección contraria, hacia la línea de centro, dando validez a su remate. Cuando el juez principal pitó el final, el futbolista se acercó al trío arbitral para estrecharles las manos, y mantuvo cogida la de Natalia un poco más de lo preciso. Ambos volvieron a sentir la química en aquel contacto mínimo. Eufórico por la victoria y por la excitación, el jugador se duchó mucho más deprisa que nunca y aguardó la salida de la juez de línea, trasteando con su móvil para disimular. Al verla salir se acercó educadamente, sonriente, con una bola de tensión, responsabilidad y timidez llenándole el estómago. Natalia se ruborizó, pero agradeció su valentía. Con todo, Joaquín no consiguió convencerla para que le diera su número de móvil, aunque en el último momento ella le dijo que podía pedirle amistad en Facebook. Y esa misma noche, chatearon por primera vez.

Hoy están casados, embarazados de un mes y felizmente enamorados. Es verdad que casi no se ven los fines de semana: ella ha ascendido a la Liga Adelante y Joaquín, ahora jugador de tercera división, está a punto de terminar su carrera de Derecho. Se quieren. Se aman. Comparten un proyecto de vida.

Se sienten plenos el uno junto al otro.

Es un amor de bandera.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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