En modo zafarrancho

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La publicidad tiene estas cosas. Una de las máximas que antes aprendemos los empresarios y los profesionales del sector servicios es que estos nunca son almacenables. La consecuencia directa es que el trabajo siempre llega en oleadas: tras los periodos de sequía, guardia e incertidumbre se suceden los tsunamis laborales que obligan a redoblar los esfuerzos, estirar como chicles gastados los horarios y poner la mente en modo zafarrancho para poder llegar a todo.

En el ámbito de la creación publicitaria, estas circunstancias se elevan a la enésima potencia. La presentación de licitaciones públicas, la creación de campañas y las ingenierías de texto de macrodocumentos con una fecha fija son buenos ejemplos de ello. Las jornadas se alargan, las noches se acortan y las madrugadas se llenan de documentos de texto, archivos de imágenes, herramientas de diseño, ritmos familiares en Spotify y alguna que otra Coca Cola a morro.

El creativo de publicidad se forja, más que en ninguna otra, en este tipo de batallas. En un artículo anterior (Creativamente) ya describí la principal cualidad que ha de tener un publicista durante su día a día: la intermitencia. Es decir, la capacidad de saltar de un tema, una actividad, un concepto o una disciplina mental a otro sin perder el norte ni la inspiración. Pero en estas grandes, y puntuales, ocasiones de máxima exigencia y mínimo tiempo —el plazo disponible siempre es inversamente proporcional a la exigencia del proyecto, la magnitud del encargo y el grado de contribución de los clientes—, la serenidad, la fortaleza y la adaptación al hábitat nocturno se convierten en los atributos principales.

Ahora estoy así, de esta manera, en pleno zafarrancho. Con un macroproyecto ultraexigente, un plazo irrisorio y un envío de la documentación previa por parte del cliente que siempre se retrasa. Estoy, francamente, reventado. Pero fresco. Con jornadas laborales de once horas diarias desde hacer una semana (sí, lo han adivinado: soy autónomo) y sesiones de trabajo diurnas, vespertinas y nocturnas, curiosamente suelen ser las horas “golfas” de la madrugada en las que más me cunde el curro.

Deseo que la fecha marcada en rojo furia en mi calendario de sobremesa llegue cuanto antes y, a la par, siento el vértigo de no poder llegar a tiempo con todo lo que queda todavía por delante. Tras el desasosiego momentáneo, me centro en las tareas y voy, poquito a poco, ganando terreno a lo imposible. El final siempre es el mismo: después de la zozobra general, y una vez entregado todo —como siempre, cinco minutos antes del plazo máximo marcado—, el equipo creativo se desinfla, se relaja, se suma en un vacío existencial reconfortante que dura apenas unas horas antes de abordar el próximo trabajo, el cual lleva ya demasiados días esperando.

Lamento no poder alargarme más con este artículo, pero acaba de llegarme material de mi cliente y tengo que volver a la faena. Solo les diré, para acabar, que los creativos nos movemos bien en este barrizal, nos va la marcha, aunque tengo unas ganas infinitas de que llegue el lunes, para entregarlo todo y recuperar de nuevo mi vida familiar y personal.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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