Jugador explosivo

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La transformación del lateral izquierdo argelino se produjo de una manera paulatina, casi imperceptible. Lo primero que notaron sus compañeros fue una creciente introspección y un humor agrio, cortante, que ya no celebraba las humoradas del segundo entrenador ni las ocurrencias del ariete. Su barba de tres días evolucionó hacia una masa velluda que sus compañeros asociaron de entrada a una mal entendida moda hipster, pero que continuó creciendo asilvestradamente de una manera antiestética.

Cuando la densa barba ya casi le ocultaba el escudo, la metamorfosis de Rachid había enviado señales suficientes como para que el vestuario estuviera preocupado. Su colega había dejado de acompañarlos a tomar cervezas tras los entrenamientos, ya no probaba el jamón serrano ni la longaniza que antes le encantaban, y los dejó boquiabiertos el primer día que se arrodilló en el vestuario mirando hacia La Meca, tras haber realizado sus abluciones en una de las duchas, y comenzó a rezar a Alá con gestos y pronunciamientos rituales. Se acostumbraron a ello, pese a sus prejuicios iniciales. Aunque, al cabo de unos meses, los que habían sido hasta entonces sus compañeros más cercanos lo sintieron tan extraño que ya casi no se atrevían a hablarle. No era normal su actitud. El entrenador lo llamó a su despacho y le preguntó qué le pasaba:

—Me estoy acercando a Alá —le contestó con naturalidad—. He decidido ser un mejor musulmán, eso es todo.

—Lo importante es que tu rendimiento no se vea comprometido por ello.

—Alá es lo importante. Pero no, no pienso competir peor por ser un buen creyente. ¿O acaso tiene alguna queja sobre mi estado de forma?

—No, no es eso —se justificó el preparador—. Pero te veo más distante con tus compañeros, no percibo esa complicidad que siempre tenías con ellos, te veo aislado. Hay algo que ha cambiado…

—Este domingo jugué bien. Di un pase de gol…

—Y no lo celebraste —le interrumpió el entrenador.

—Sí lo hice —le matizó el jugador—. Se lo ofrecí al Más Grande.

Rachid no acabó la temporada como titular. Poco a poco, el recelo de sus compañeros, la escasa confianza y una progresiva falta de concentración le llevaron a perder su puesto a favor de un chaval de la cantera. Nunca fue un buen suplente. Permanecía impasible en el banquillo, con el ceño fruncido, amasándose las barbas tan espesas y sin reaccionar ante las circunstancias del juego. No peloteaba en el descanso, y se limitaba a ejercitarse con desdén si le entrenador lo mandaba calentar.

Terminó la temporada y el club decidió no renovarlo. La empresa de representación que lo llevaba consiguió colocarlo en un club sueco, pero no aguantó en él más de un trimestre. Su personalidad se había radicalizado todavía más: acudía a los entrenamientos con chilaba y su cabeza parecía estar más fuera que dentro de los terrenos de juego.

Cierto día solicitó la rescisión de su contrato, cogió la pasta del finiquito y desapareció. Nadie lo echó de menos ni supo más de él hasta que, al cabo de un par de años, su fotografía abrió la cabecera de todos los informativos:

—La policía francesa ha identificado al argelino Rachid Gatlif como el terrorista yihadista huido del centro de París tras sembrar la muerte con un kalashnikov en los alrededores de la Torre Eiffel —anunció el presentador con voz contrita y gesto serio, como requería la información de este atentado múltiple que había ocasionado medio centenar de muertos.

Inmediatamente después llegó el análisis de su trayectoria, la descripción del proceso de radicalización experimentado por este futbolista profesional que decidió abrazar el odio, la sinrazón y el extremismo como compañeros de juego. Se explicó cómo el Estado Islámico lo acogió y lo preparó en sus campos de entrenamiento en Siria, cómo aprovechó su dominio del español, el inglés y el noruego para mostrarse activo en las redes sociales pro-Yihad durante varios meses, y cómo se infiltró después en la sociedad parisina haciéndose pasar por un buen ciudadano, mientras organizaba y lideraba el comando ejecutor que perpetró la masacre.

Cercado por las fuerzas de seguridad francesas, protagonizó una huida desesperada que culminó con la toma de rehenes en una gasolinera. Allí terminaron su partido, su vida y su maldad. Justo antes hizo detonar un cinturón de explosivos que se llevó por delante a seis rehenes e hirió de gravedad a un par de los agentes de élite que participaba en su detención.

Nadie ha sido capaz de comprender por qué alguien como él decidió alinearse con la muerte, la maldad y la barbarie. Ahora, Rachid ya no existe. Incluso los más fieles seguidores de sus exequipos detestan, maldicen y arrinconan su recuerdo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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