La estelada prohibida

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Ya volvemos a tener otro problema de bandera. Qué pena, oigan, que en la final de la Copa del Rey-Copa de España no puedan exhibirse banderas independentistas —y en consecuencia, por su propia esencia, antiespañolas—. Algunos se rasgan las vestiduras y aseguran que van a boicotear el palco con su no-asistencia —¡más de uno se alegrará al pensar que no tiene que verlos!— y hablan de ofensa al sentimiento, injusticia persecutoria y partidismo político. Pues vaya. A mí me encanta el fútbol. Y nunca me ha gustado que ciertos grupos ideológicos prostituyan su esencia. Así, siempre he detestado los símbolos ajenos al espíritu deportivo en los estadios. Repruebo las esvásticas, los símbolos franquistas, los emblemas de ultraizquierda, las referencias abertzales, los bustos silueteados de Guevara y cualquier otra manifestación no deportiva entre los aficionados de uno u otro equipo.

Recuerdo hace algunos años, en La Romareda, la retirada durante un partido de fútbol de una pancarta rotulada en la que se aludía al Pantano de Yesa. Fue confiscada y, si no me equivoco, sus propietarios sancionados por las fuerzas del orden. Desde luego, el impacto emocional de ese mensaje pro o anti Yesa —no recuerdo exactamente cuál era su lema— era infinitamente inferior a la exhibición de una bandera que, si bien no es ilegal, excluye y atenta contra los sentimientos de una buena parte de los catalanes y de la mayoría de los españoles.

Les contaré otra anécdota: me ocurrió cuando era yo un chaval y, en consecuencia, un pipiolo. En aquella época —hace alrededor de 30 años— la Grada Norte de La Romareda se llamaba Gol de Pie, precisamente porque esta era la posición en la que los aficionados veíamos allí el encuentro. El Ligallo Fondo Norte también lo hacía así, unas filas por delante de nosotros. En un partido concreto, algún iluminado encendió una bengala y obligó a la policía nacional a desplegar a sus efectivos en la zona. El mismo ultra, astuto y experto en la materia, lanzó hacia atrás su bolsa con la pólvora —para librarse de ella antes del cacheo policial—, con tamaña fortuna que cayó justo a mi lado, entre otro joven y yo. Al moverse por la grada, uno de los agentes encontró el paquete, lo identificó… et voilà!: se nos llevó fuera del estadio a mí y al de mi lado. Pasé vergüenza y un poco de miedo —para empezar, imaginé en mi inocencia que ese polvo blanco era cocaína; para terminar, el paseíllo por la grada entre maderos (así se les llamaba entonces) resultó de todo menos estimulante—. Tras pedirnos el DNI, nos pusieron en la puerta y ahí terminó todo. ¿Por qué les cuento esto? Porque realmente fue una respuesta discrecional e injusta, yo lo sé mejor que nadie, pero que interpreto como un mal necesario en beneficio de la seguridad de todos. Algunos derechos individuales deben supeditarse, a menudo, a un bien superior, que es el del grupo. Nuestra expulsión ayudó a impedir que ese descerebrado o algún compinche hubiera encendido otra bengala, alimentando el enorme riesgo que conlleva. El culpable se salió de rositas, pero la vida no siempre es perfecta y la seguridad común exige sacrificios.

2015101919233826953O sea, y a fin de cuentas, si unos cuantos aficionados no pueden acceder al recinto privado en el que se va a celebrar la final de la Copa de España con una bandera estelada independentista catalana, y deben renunciar por un par de horas a su derecho a lucir un símbolo que no es ilegal, pero sí ideológico, no-deportivo, provocativo y molesto para otros, pues bueno, tampoco pasa tanto. La ley contra el racismo y la intolerancia en el deporte —que tiene carácter preventivo—, la UEFA —que ya ha sancionado al F. C. Barcelona por acoger y permitir la exhibición en su estadio de este mismo símbolo durante sus competiciones—, la Real Federación Española de Fútbol y la Liga de Fútbol Profesional —que multa sin reparos a sus miembros por cánticos y exhibiciones muchísimo más nimios— avalan esta decisión.

¿Acaso sería lógico que un sector de la grada exhibiera durante el partido una pancarta en favor de la independencia de Gibraltar, de Ceuta o de Palencia? ¿O un mapa propagandístico de Al Ándalus? ¿O multitud de pancartas reivindicativas sobre la devolución a Aragón de los bienes eclesiásticos de la Franja, retenidos por Cataluña? ¿O una infinidad de banderolas mitineras del PP, del PSOE, de Podemos o de Ciudadanos, me da igual, que ondearan rítmicamente cada vez que se sacara un córner?

Otra cuestión es la idoneidad estratégica de esta decisión, que desde luego es cuestionable. ¿Por qué en este partido y no en otros? Según parece, no es la primera vez que la prohíben, pero ahora se ha hecho público con más notoriedad que nunca. Lo cual es detestable, desde luego, porque se termina potenciando, precisamente, los que se trataba de impedir: la politización de un acontecimiento deportivo. Posiblemente, los más interesados en ello no son los que inicialmente han sido colocados en el foco de la polémica, sino los mismos que reprueban la presencia de banderas españolas en los espacios públicos de Cataluña.

Yo no voy a echar de menos a Puigdemont ni a Ada Colau en la final, tampoco a Manuela Carmena —que según parece ha decidido unirse a la no-fiesta—, ni desde luego a ninguna de las esteladas. Sí me gustaría que fuera el Real Zaragoza, como antaño, uno de los finalistas de la Copa, pero la vida y el deporte son así: nunca llueve a gusto de todos. Qué se le va a hacer. A mí también me echaron injustamente de aquel partido… y me busqué la vida para poder seguir viéndolo. Aunque esa parte de la historia, mejor, la contaré en otro momento.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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