El amor velado

Woman on funeral putting rose petals on coffin

Cupido se disfrazó de enterrador y apareció en mi vida cuando menos lo esperaba. Hay un momento en la existencia en que el ciclo de la vida se acelera, tanto que nos vemos obligados a alterar la rutina para acudir a las exequias de nuestros seres queridos o, cuando menos, vinculados.

Yo transitaba una etapa de soledad y apatía: rutina laboral acomodada, largas sesiones solitarias frente al televisor y alguna que otra charla en veladores con mis amistades solteras. Ya ni siquiera fantaseaba con encontrármelo un día, como antaño, y dejar que me llevara de la mano por los itinerarios del corazón que tanto deseaba.

Ya no podía enamorarme, mi arroz se había socarrado.

Cuando recibí la noticia de su muerte, lo primero que pensé es cómo había transcurrido tanto tiempo sin haberlo recordado. Aquel hombre que un día fue tan importante en mi vida, que me sostuvo entre sus piernas y me preparó meriendas de pan con chocolate mientras nos contaba fábulas de Esopo y chascarrillos rurales. Él era el padre de Sofía, mi amiga de la infancia, y solíamos juntarnos alternativamente en una u otra casa, que casi sentíamos como propia. Debo confesar que estuve enamorada de aquel hombre. Un amor utópico, inocente y entregado como solo una chiquilla de trece años puede llegar a sentir.

Y treinta años después… había muerto.

En el tanatorio, tras dar el pésame a Sofía y a su madre, sentí la agorafobia que la muerte me provoca y busqué el refugio de la cafetería.

—Un cortado descafeinado de máquina —le dije al camarero, un tipo que disimulaba el brillo alegre de sus ojos con aquel gesto circunspecto labrado con la experiencia de un profesional.

Mientras sorbía lentamente la intensidad caliente de la taza, sentí su presencia a mis espaldas. Fue primero un aroma fuerte y masculino a colonia cara; y luego algo así como un aura resplandeciente que me obligó a mirarlo.

Me perdí en sus ojos antes de retirar mi mirada, atribulada, hacia las magdalenas alineadas encima de la barra.

Resucité de mi zozobra cuando oí su voz hablándome tranquilo, con cortesía y encanto, pidiéndome permiso para invitarme al café.

No fue especialmente romántica nuestra conversación posterior. Hablamos sobre lo inevitable, los velatorios y las coronas de flores.

Él había perdido a su abuela, de ciento cuatro años.

Yo le entregué mi número de móvil y obtuve la promesa de que me llamaría pronto.

Desde que nos despedimos, naufrago en la ansiedad de no volver a verlo. El tiempo se eterniza. Y nunca estuve tan contenta en un entierro como en ese.

Ya han pasado veinte horas desde que nos separamos.

Y sigue sin llamarme…

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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