El hijo del gol

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Lo tenía todo. Y no tenía nada. Siempre había trabajado muy duro para superarse, vencer las dificultades y consolidarse en la élite del fútbol internacional. Pero no era suficiente. Necesitaba más. Si marcaba veinticinco goles en una temporada deseaba haber marcado treinta, si su equipo había conseguido el título de Liga lamentaba haber caído en Champions, si lo elegían candidato al Balón de Oro, le pesaba enormemente no haber podido ganarlo.

Aquel crack era un hombre solitario, aunque siempre estaba rodeado de gente. Era como unas heces abandonadas en un rincón apenas transitado de la calle, solitarias y ajenas a todo en su escatológico universo, de no ser por las hordas de moscas que se alimentaban de ellas. Él se sentía así a menudo: una auténtica mierda, aunque esos momentos de bajón alternaban con los subidones de adrenalina que le producían las victorias, los goles, las asistencias y los títulos. Su asistente personal, y uno de sus mejores amigos, era un tipo interesado, un homo economicus que, sin embargo, le hacía mucho bien porque lo trataba con una idolatría insultante para cualquier otro, pero que casaba a la perfección con el ego tan imprevisible como colosal del futbolista. Respetaba su soledad, sus largos y relajantes baños en la piscina climatizada de su casa, sus momentos de desconexión y sus intempestivas llamadas telefónicas a mamá allende de los mares. Y era capaz de interpretar cuándo necesitaba compañía: entonces convocaba a tres o cuatro compañeros de su equipo, hablaba con los pocos en los que confiaba su pupilo y le montaba una fiesta en la que no faltaban las mujeres exuberantes —de pago o altruistas— y el alcohol para los invitados.

Porque el crack nunca bebía. Su padre había muerto de cirrosis y no era capaz de recordar un momento compartido con él en el que no estuviera puesto. Detestaba el alcohol, por eso las fiestas en su casa nunca resultaban totalmente atractivas, porque en ocasiones se rayaba y terminaba estampando las botellas contra los contenedores de basura, imponiendo la ley seca.

—Necesitas una novia —le dijo cierta vez su hermano, al que había pedido que se viniera unos días para sentirse un poco más acompañado—. Una mujer que te estimule y te cargue las pilas. No estoy hablando de sexo, sino de intimidad, compañía, sentimiento…

Pero el delantero era un hombre parco en afectos. No le entusiasmaba meter a una desconocida en su lujosa residencia y tener que renunciar a algunos de sus minúsculos y privados placeres. Tal vez algún día llegara a enamorarse, pero desde luego no iba a ser ahora. Sin embargo, el consejo de su hermano le dio una idea que, poco a poco, fue cobrando cada vez más cuerpo en su cabeza.

—Quiero ser padre —le dijo a su representante mes y medio después de la conversación con su hermano, que ya había regresado junto a su familia tras dos semanas de estancia en su mansión. El asistente se quedó callado, sorprendido, aguardando el desenlace de aquella inesperada revelación—. Y quiero que me ayudes.

—¿Cómo puedo hacerlo? —vaciló—. ¿Quién va a ser la madre?, háblalo con ella y ya está. A estas alturas de partido no necesitas que nadie te cuente cómo se hacen los bebés —y acompañó el comentario con una risa indescifrable, a caballo entre el nerviosismo y la guasa.

—No me has entendido. Quiero ser padre soltero. Quiero tener un hijo, pero no quiero una madre junto a mí.

Concretado el asunto, se puso en marcha el casting de vientres de alquiler, el cual se realizó con la máxima discreción y en torno a una serie de cláusulas mercantiles y privadas ciertamente constrictoras.

La chica elegida fue una portuguesa humilde, poseedora de una belleza armónica más que explosiva, sencilla e inocente, que confesó necesitar el dinero para mejorar la calidad de vida de una hija ya nacida. Cuando justo antes de tomar la decisión habló con ella, al futbolista le cayó bien la muchacha. Le gustó: era atractiva, despierta, simpática y cercana, parecía buena gente, y sus hermosos ojos negros irradiaban hipnóticos destellos.

—No soy una prostituta —balbuceó la joven cuando habló con él, pretendiendo hacerle entender que no se acostaría con nadie por dinero, ni siquiera para concebir a ese hijo al que después debía renunciar.

—Descuida. Puedo tener sexo cuando quiera. Lo fecundaremos en la clínica.

Y así fue. No menos de un año después, el futbolista anunció su paternidad, la cual rodeó de cierto halo de misterio y secretismo:

—No importa quién es la madre. Es mi hijo y voy a cuidarlo yo solo.

Esa temporada consiguió su primer Balón de Oro, destacó en el Mundial y su equipo conquistó la Champions. Ahora ya no se siente solo. Está mucho más contento enseñándole a su hijo todo cuanto él es. De la madre ya nunca ha sabido nada. Tiene claro que, cuando llegue el momento, hablará con su pequeño para explicarle cómo fue su concepción. Sin embargo, a menudo se despierta en plena madrugada impulsado por una visión recurrente. Sueña con ella. Ambos están abrazados en un salón muchísimo más modesto que el de su mansión, acompañados de su hijo y de otros dos pequeños que corretean a su alrededor. A todos se les ve felices. Sobre todo a él, que siente cómo se le eriza el vello de sus brazos cada vez que esa mujer le sonríe.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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