Pleno al quince

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Fortunato es un zaragocista de bandera. Un auténtico forofo de esos a los que el resultado del fin de semana les anima o les avinagra el carácter hasta el miércoles siguiente. Acude a La Romareda con ilusión renovada, se come las uñas, se desgañita en su asiento cuando los jugadores no echan el resto y es el primero en corear el himno de su equipo si el partido lo merece. Tiene cincuenta y tres años y una familia modesta, con la que convive en un pequeño piso de su propiedad, acogedor aunque un poquito estrecho ahora que sus tres hijos se han hecho hombres y siguen viviendo con ellos. El pequeño está a punto de terminar Económicas. Los mayores se encuentran en paro: ambos abandonaron sus estudios para trabajar en la construcción y actualmente se ven obligados a mendigar empleos temporales con los que ir tirando. El mediano tiene una novia y quieren casarse, pero ninguno de los dos dispone de un sueldo fijo suficiente para independizarse. A Fortunato no le importa matarse a trabajar en el taller para sacar adelante a su familia y, aunque llegan a final de mes con verdaderas estrecheces, nunca ha faltado un plato de judías y un buen trago en su mesa para quien lo necesita.

Su felicidad —para él es sinónimo de estabilidad— no es completa porque el equipo de su corazón no está en Primera. Él, que disfrutó en las finales de Madrid y París, no consigue asimilar la mediocridad actual de ese Real Zaragoza del que siempre ha presumido. Aquel fin de semana, por fin, los blanquillos se jugaban contra el Llangostera la posibilidad de ascender directamente. Solo tenían que ganar en Palamós. Pero su ánimo, de natural optimista, se había acostumbrado a los disgustos y no acababa de tenerlas todas consigo: oscilaba entre la euforia y la preocupación, ansioso por terminar cuanto antes la semana laboral para poder ver ese partido clave del que dependía su ánimo.

—¿Qué es esto? —se sorprendió al encontrar un resguardo de quiniela en la mesilla de su esposa.

—Nada, que se me ha ocurrido hacer una quiniela, a ver si hay suertecica —le dijo su mujer.

—¿Pero qué tontada es esta, maña? —se asombró Fortunato al leer los signos que su parienta había señalado—. ¡Si has puesto perdiendo al Barcelona, al Madrid… y empatando al Zaragoza! —Su rostro se tiñó de un rojo más intenso todavía que el de la equipación tomate de su equipo.

—La he rellenao a suertes, con un dado.

—¡Pues has tirado el dinero! ¿Cómo va a empatar el Zaragoza, chica, si nos jugamos el ascenso?

Para evitar una bronca innecesaria, su mujer lo dejó en la habitación con la palabra en la boca.

*     *     *

Llegó el domingo. La víspera, los culés y los merengues habían perdido sus partidos, lo cual le recordó que su esposa había acertado, de chiripa, ambos resultados. Así, con intención socarrona, le pidió a su señora el boleto para comprobar cuántos aciertos llevaban.

—¡La cagaste con el Zaragoza, maja, los dos más difíciles ya los tienes acertados!

Ella buscó en su cartera el papelillo arrugado, lo desdobló y se lo tendió a su esposo para tenerlo callado.

—Cagüen laba, qué potra —exclamó él—. ¡Si lo has acertado todo de Primera!

Se olvidó de la quiniela en cuanto se bajó al bar a ver por televisión el trascendental partido. Enseguida se desesperó: un error defensivo permitió a un delantero rival batir a Manu Herrera. Blasfemó, se arrepintió y blasfemó de nuevo cuando el árbitro anuló un gol zaragocista por un claro fuera de juego que a él le pareció oscurísimo. El Zaragoza empató tras el descanso, cuando las uñas índice, pulgar, anular y corazón del forofo estaban ya sangrando.

—¡Venga, cos, que tenemos que ganar! —gritó mientras pedía otro chato para intentar arrastrar el mal sabor de boca y deshacer el nudo que le atenazaba el estómago.

El equipo blanquillo funcionó mejor en la segunda parte, creaba juego con fluidez y chutaba con frecuencia. Solo le faltaba un gol, el cual llegó de rebote, en un barullo, en el tiempo de descuento:

—¡Goooooool, goooool, gooooooool! —gritó saltando, enloquecido, entre las mesas del bar.

Aún le dio tiempo a asomarse al abismo del infarto cuando, en la última jugada, el balón besó el larguero zaragocista justo antes de que el árbitro pitara el final.

Brindaron con vino de Cariñena hasta que llegó la hora de volver a casa.

Allí estaba el boleto, sobre la mesa del comedor, junto al cenicero-souvenir de Benidorm. Revisó, de memoria, el resultado. Exclamó «¡ostiatú!» antes de conectar la aplicación de Marca en su smartphone y vociferar tras revisarlo dos veces:

—¡Trece aciertos!

Su mujer, azorada, se acercó hasta donde estaba.

—¿Qué dices, maño?

—Que nos hemos ganau unas perricas. ¡Solo has fallado el Zaragoza, mardana, mira que te lo dije! ¡Hasta el pleno al quince lo has clavado!

Nunca más volvieron a ganar en las quinielas. Se llevaron unos miles de euros que les vinieron muy bien, pero que no los sacaron de pobres.

—¡Qué se le va a hacer! —les cuenta a sus amigos del bar cuando le sacan el tema—. Perdimos una millonada… pero nuestro Real Zaragoza está en Primera. ¡Copa aquí! —le pide al camarero para celebrarlo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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