La economía morosa

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La actual situación económica está causando múltiples separaciones (de patronos y empleados, empresas y clientes, políticos y ciudadanos, esfuerzo y resultados) y la necesidad de tomar decisiones cada vez más cruciales, como los antiguos acróbatas que hacían sus piruetas en la bóveda del circo sin red ni protecciones. A efectos del mercado, múltiples son las consecuencias de esta coyuntura: aumento del fraude empresarial, de las reclamaciones de clientes, de la elección de marcas blancas, de los impuestos, las sanciones, la morosidad y el desempleo, así como descenso de las ventas, la rotación de productos, la rentabilidad, el crédito financiero y el número de empresas. En un círculo vicioso sin freno ni marcha atrás, la crisis ocasiona falta de liquidez en las familias, cuyo menor consumo produce pérdidas en las empresas, las cuales se ven obligadas a despedir a sus trabajadores limitando, todavía más, el gasto familiar. Es la pescadilla que se muerde la cola mientras, los gestores, nos consideran merluzos.

La situación es complicada, lo sabemos todos: los curritos y los pequeños empresarios muy especialmente, pues llevamos tres años con el cinturón tan apretado que ya no respiramos. Los que gestionan nos dicen que aguantemos, pero no por cuanto tiempo. Y así continuamos nuestras vidas, sin otros horizontes que soportar en las trincheras la que está cayendo, hasta que quiera Dios que escampe. No ayuda para nada la morosidad, en muchos casos producida por circunstancias extremas —familias sin recursos, retrasos imprevistos en los cobros, descensos coyunturales de la facturación—, pero devastadora igualmente. Es inconcebible que las propias administraciones —con honrosas excepciones— alimenten este cáncer económico. Y luego están los sinvergüenzas que, como las meigas en Galicia, haberlos haylos: tiparracos que aprovechan la coyuntura precaria para encargar servicios que no pueden, o no quieren, pagar. Por eso el empresario de bien ha de redoblar más que nunca sus esfuerzos: no solo se le exige ser imaginativo para encontrar soluciones, habilidoso y sensato para cuadrar las cuentas, comprensivo con sus empleados prescindibles y tenaz en los esfuerzos; también ha de ser un detective instintivo para identificar a esta plaga de morosos vocacionales que prefieren hacerte un roto a un descosido si, con ello, mejoran sus ganancias.

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Recupero este artículo publicado en la Crónica del Casco Histórico, de El Periódico de Aragón, en diciembre de 2010. Da angustia, desazón y desánimo comprobar lo poco que han cambiado las cosas en este lustro y pico…

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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