Le llamaban Isabelo

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La vida jamás le había sonreído, excepto para burlarse de sus desventuras. Su existencia era monótona como una sintonía del telediario; sus expectativas, huecas como el agujero de un donuts. Y a fe que toda la vida había deseado ser feliz. Se había enamorado tantas veces y con tanta intensidad que ni siquiera le había quedado tiempo para el abatimiento. En amoríos, era fecundo como un toro semental, aunque por desgracia jamás había sido correspondido, en cierta parte por su aspecto escasamente agraciado y en la otra por su timidez insuperable. Transitaba sus febriles estados de enamoramiento con una intensidad rayana en lo enfermizo, rondando a cada pretendida y dirigiéndole miradas lánguidas, calladas y huidizas que despertaban incomodidad antes que anhelo. Pero se sentía afortunado: nunca ninguna de esas chicas lo había rechazado. Probablemente porque jamás habían llegado a ser conscientes de su amorosa presencia.

Leía mucho. Sobre todo el Marca y el Sport y las secciones de contactos de los periódicos locales, eso sí, en su bar de cabecera, donde desayunaba, tapeaba y cenaba cada día con una cuadrilla de coincidentes a los que se refería como amigos, si bien no tenía con ellos otra cosa en común que los platillos de boquerones y los vinos compartidos en la barra. Podía recitar, de carrerilla, las alineaciones de todos los equipos de fútbol de primera división, y de los más televisivos de segunda, pero nunca se enfrascaba en disputas dialécticas ni puyas futboleras porque en realidad no era del Barça ni del Madrid, solo los seguía por acelerar el paso de su vida entre golpes francos, tarjetas amarillas y algunos cuantos goles.

Con tanta barra fija, inevitablemente abusaba del alcohol: con el pasar de las horas su vista se nublaba y su voz se iba volviendo más pastosa, pero también más decidida. Alguna noche entre semana, después de un buen partido de Champions, se sentía desvelado y dirigía su cuerpo hacia el club de alterne más próximo. Al salir de él se sentía profundamente insatisfecho y prometía no volver jamás a visitarlo. O eso o salía enamorado hasta las trancas de esa chica nueva a la que se había prometido sacar del burdel y pedirla en matrimonio.

Y así pasaba su existencia el bueno de Isabelo, que ni siquiera en la tómbola de nombres había tenido una pizca de fortuna. Vivía en un pisito de alquiler de la calle de Boggiero. Al menos conservaba su trabajo de tornero. Y, por ello, se decía que no tenía derecho a la protesta ni al desánimo. Y así, cada mañana, después de repasar su cara con la maquinilla eléctrica y verter sobre su escaso pelo ridículas dosis de colonia de supermercado, se miraba en el espejo y se decía que sí, que ese día, por fin, iba a cambiar su destino.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Octubre 2013]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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