La madre de la cucaracha

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Cuando recuperó la consciencia no recordaba absolutamente nada, pero le dolía todo. Trató de mirar hacia los lados, aunque el collarín que le sujetaba el cuello le impidió lograrlo. Tampoco fue capaz de mover su pierna derecha, escayolada hasta el tobillo, y sintió cómo le ardía el pómulo izquierdo al intentarlo. Tragó saliva con dificultad antes de concentrarse en la acogedora penumbra que envolvía el cuarto. No sabía dónde estaba. Ni recordaba quién era. Asustada, tuvo unas intensas ganas de chillar que solo desaparecieron cuando escuchó a su lado una voz amable, familiar, que le encogió el alma.

—¿Cómo estás, mamá? —le oyó decir con un entusiasmo que ella, realmente, ni compartía ni entendía.

—¿Qué ha pasado? —consiguió balbucear, provocando en su hijo una reacción indefinible, que conjugaba por igual incomprensión, vergüenza y sufrimiento—… ¿Y tú quién eres?

Una cicatriz reciente le partía a aquel joven la ceja derecha, debajo de la cual se apreciaba un ojo abultado, rodeado de un hematoma multicolor, que le impedía parpadear correctamente:

—Mamá, soy yo, Moisés. ¿Cómo te encuentras? Has estado en coma, tengo que avisar a las enfermeras. Salgo un momento, no te preocupes, vuelvo enseguida.

Lo vio salir apresurada, aunque doloridamente, hacia el pasillo.

—¿Desde cuándo tengo un hijo? —se preguntó mientras aguardaba su regreso, más confundida todavía que cuando había abierto los ojos.

*     *     *

En realidad, esa mujer no tenía un hijo, sino dos. Moisés era el mayor y su afición, que ella jamás había comprendido, la había llevado a encontrarse en aquella situación tan lamentable. El chico había cumplido diecinueve años y su hermana pequeña tenía cinco menos. A ella le encantaba patinar: entrenaba tres días a la semana y competía de manera ocasional en torneos de promesas o en los tests oficiales de la Federación Aragonesa. Moisés… era distinto. Entrenaba por su cuenta, se lo tomaba siempre muy en serio, y todos los fines de semana se recorría esos campos de Dios por vocación, pese al dinerillo —siempre útil— que cobraba. Era árbitro de fútbol y, según decían sus compañeros y algunos miembros del comité aragonés, lo hacía bien. Del mismo modo que otros padres organizan su agenda del fin de semana en función de los partidos de sus hijos, la madre de Moisés lo hacía según sus horarios de arbitraje. Ella nunca celebraba ningún gol, ni disfrutaba de las asistencias o de los regates, ni —como la mayoría de las madres— era capaz de entender los fueras de juego. Se colocaba en un lugar tranquilo y observaba el arbitraje de su hijo, sin saber jamás si lo estaba haciendo bien o mal, ni si se equivocaba. No le gustaba el balompié, pero amaba a su primogénito: lo mismo se pasaba una mañana completa viéndolo pitar partidos de fútbol base que acudía por la tarde a un pueblo del entorno para verlo arbitar un partido de liga laboral.

Cuando le llamaban «cucaracha hijo de puta», la madre se ponía muy nerviosa. No porque el insulto, en realidad, fuera indirectamente dirigido a ella, sino porque los exabruptos de los lugareños nunca preludiaban nada bueno.

—Déjalo, Moisés. Para cuatro euros que te pagan no merecen la pena soportar a todos esos brutos.

Pero su hijo llevaba el arbitraje dentro de las venas. Así que, al siguiente fin de semana, ella volvía a acompañarle en cada una de sus actuaciones.

«Hijo de puta», precisamente, fue lo último que oyó el día en cuestión antes de saltar al campo. Los aficionados de aquella localidad siempre habían tenido fama de difíciles, agresivos y poco controlados. Es cierto que su hijo acertó al anular el polémico gol local en el último minuto, el fuera de juego era muy claro. Pero ella ni siquiera lo sabía. Reaccionó como cualquiera otra madre cuando aquel par de energúmenos saltaron al campo y golpearon a Moisés. Patética y vehementemente, corrió hasta el más cercano y le soltó un paraguazo. El otro se volvió como una bestia y le arreó un uppercut tan instintivo como brutal, que la lanzó hacia atrás ocasionándole una terrible caída.

Cuando intervino la guardia civil, la mujer yacía inconsciente junto al punto de penalti. Quizá su intervención evitó a su hijo un daño mayor, posiblemente no. Sea como sea, el suceso terminó para ella en cuanto sintió sobre su pómulo el colosal impacto de aquellos nudillos encallecidos por la sinrazón. Los dos agresores fueron detenidos. Poco después, la ambulancia trasladó hasta el hospital más próximo a la madre y a su hijo.

*     *     *

—Te han traído un consomé y un poco de pescado hervido, mamá —le dijo Moisés la noche siguiente de su despertar, animado porque ella había empezado a recordar algunas cosas, sobre todo quién era él—. He decidido dejar el arbitraje —le confesó mientras extendía hacia su boca una cucharada tibia del caldo nutritivo.

—¿Por qué dices eso, hijo? —se sorprendió ella—. No lo hagas, arbitrar se te da muy bien y siempre te ha encantado —le respondió, ajena todavía al recuerdo de lo acontecido.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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