Por qué engancha “Sálvame”

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Los seres humanos somos cotillas por naturaleza. Curiosos, alcahuetes, chafarderos. Nos encantan los misterios, las anécdotas, los interrogantes… y las vidas ajenas. Lo cierto es que no hay nada que se parezca más a nosotros mismos que otro ser humano. Así, las grandezas, las miserias y las medianías de los demás nos permiten identificarnos con sus protagonistas e imaginar al mismo tiempo nuestras reacciones en sus circunstancias. Este es el principio que asegura el interés en las mejores películas, series y novelas: el desdoblamiento del receptor que se convierte en actor —emocional e imaginario, pero real— de las peripecias narradas.

Pocos entendemos el éxito de audiencia de la televisión basura actual. Menos todavía confesamos ver programas como Sálvame —Naranja, Limón o De Luxe— o las hordas de reality shows que pueblan la actual parrilla de televisión. Pero la verdad es que los datos de audiencia desdicen con hechos nuestras opiniones. Los especialistas de marketing sabemos que esta realidad no es ajena, en absoluto, a la dimensión humana: lo que decimos y lo que hacemos pocas veces coinciden. No es que seamos mentirosos, incoherentes o taimados en esencia, sino que casi siempre desconocemos cómo somos y cuáles son los comportamientos y motivos que nos guían.

Pero estábamos hablando de Sálvame. Que tire la primera piedra aquel que, al hacer zapping, no ha caído alguna vez en las redes de este programa y se ha quedado un rato escuchando martingalas del charlatán o charlatana de turno. La materia prima es siempre la misma: gente que ha convertido el cotilleo en su principal fuente de riqueza. Personas que se prestan a utilizar los mass media como altavoces permanentes de sus devenires cotidianos a cambio, desde luego, de sus buenas perricas y sus adictivos chutes de popularidad. Kiko Rivera, Belén Esteban —a la que dediqué mi último artículo recuperado en este mismo blog—, los Matamoros Family, Rosa Benito o la chonísima Ylenia son algunos ejemplos —nada ejemplares— de estos profesionales del aireo personal.

1360183383_522121_1360184053_noticia_normal¿Es este fenómeno algo bueno? En realidad, no creo. Pero tampoco es reciente. Desde siempre, en muchos pueblos de España se reúnen  las vecinas a la fresca para hablar sobre las novedades del lugar. Esas tertulias —realizadas entre mastiqueo de pipas, manejo de ganchillo, piernas tostadas al sol y, con frecuencia, batines caseros— servían y sirven para poner en común, difundir y terciar en las vidas, cotidianas o no, del resto de paisanos: “al marido de la tal se le ha visto con la cual”, “el hijo de tal otra iba borracho anoche”, o “dicen que fulanito de pascual está con cáncer, desde luego está muy flaco y tiene mala cara, no sé si está enfermo o tiene problemas de otro tipo, pero algo le pasa y bien no está”. El excepcional personaje del humorista José Mota conocido como la Vieja del visillo ironizaba y reflejaba a la perfección esas ansias vivas de carnaza que nos mueven a ahondar, y opinar, sobre las existencias ajenas.

Ahora, en lugar de sentarnos en la calle con nuestros vecinos, enchufamos el televisor y vemos a los alcahuetes oficiales del reino —Kiko Hernández, la Patiño, Milá Ximénez, Paz Padilla y compañía— hurgando en ese cotilleo ajeno que siempre nos atrae. En vez de alparcear sobre el hijo del alguacil o sobre la panadera, lo hacemos sobre el hijo de la tonadillera o la conductora de autobuses navarra.

Y así vamos tirando, oye. Expuestos a tantísimas miserias que, además de saciar los anhelos cotillas que anidan en nuestro interior, nos entretenemos y pensamos que, pese a todo, nuestra vida no es para nada peor que la de todos esos famosuelos en absoluto admirables.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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