La culpa es del culpable

Terrorist holds time bomb with bloody map

Durante el proceso de documentación de mis novelas Talión y Psicario ahondé en el conocimiento del terrorismo —yihadista y etarra, respectivamente— y en las motivaciones que animan a este tipo de asesinos. Uno de los grandes interrogantes que me planteé al iniciar sendos proyectos literarios era tratar de comprender qué llevaba a una persona corriente a abrazar la violencia extrema como forma de vida y diálogo social. Cómo estos individuos pueden conciliar su existencia cotidiana con las ansias y los cargos de conciencia que generan su adhesión y convicción terroristas. En definitiva, cómo pueden acariciar o sonreír a alguien —aunque sea de su misma cuerda— después de haber matado o planificado cómo hacerlo.

Llegué a la conclusión de que, en realidad, el terrorista nace y se hace al mismo tiempo. Posee un sustrato personal en el que van calando determinadas influencias externas que lo llevan, progresivamente, a abrazar la violencia como herramienta para conseguir sus metas: primero en un plano técnico, después práctico y, en última instancia, vocacional. Por eso son capaces de desdoblar su intimidad en categorías estancas e inhumanamente independientes: pueden aplaudir una masacre, disparar a quemarropa por la espalda o lamentar un alto número de heridos, en lugar de muertos, al tiempo que se emocionan con sus hijos, se desesperan tras la pérdida de un compañero o se muestran amables y corteses con los mismos vecinos a los que después van a matar.

La sociología me enseñó un concepto clave: la causalidad social múltiple. En el devenir social ningún hecho es consecuencia de una única causa. Es la concatenación de múltiples factores, en un mismo espacio y tiempo, lo que puede explicar una crisis económica, un malestar social, una catástrofe natural o un levantamiento popular, por citar ciertos ejemplos. Esta circunstancia influye también a cada ser humano, pero con una salvedad: al final, pese a las circunstancias, las presiones, las influencias externas, la manipulación o las desgracias padecidas, el ser humano es libre para adoptar sus propias decisiones y actuar en consecuencia. Con excepción de los niños salvajemente adoctrinados desde su más tierna infancia —los niños soldados son un claro ejemplo—, cualquier persona que decide disparar a bocajarro contra alguien o activar un cinturón con explosivos en un entorno público lo hace, en todo caso, de un modo voluntario. Porque quiere. Porque ha decidido matar —y en ocasiones morir— porque lo considera conveniente.

Por eso es tan difícil combatir el terrorismo, en especial el yihadista, que ni siquiera aspira a proteger al criminal tras su acción canalla. Después del sacrificio le aguarda el paraíso prometido, un bien eterno que lo anima a ser letal, a extender el dolor y la desesperación ajena sin razón ni sensibilidad.

1033116_1Estos son los hechos. Después llegan los bienqueda interesados de turno, los políticos populistas y los bocachanclas insensatos y echan gasolina caliente al fuego justificando, por pura demagogia e intereses ideológicos, estas acciones criminales. Pedro Santisteve, el actual alcalde podemita de Zaragoza, dedicó media docena de segundos a condenar y manifestar su repulsa ante el reciente atentado terrorista de Bruselas. Pero se explayó con pretendida elocuencia al asegurar que esa violencia nos estaba volviendo a los europeos porque la habíamos sembrado nosotros, antes, en el mundo. Por lo insostenible, mezquina, demagógica y repugnante, esta declaración fue comparable al testimonio del alcalde valenciano Joan Ribó, esta vez de Compromís, que culpabilizó de lo ocurrido al proceso de descomposición de un país como Irak, originado por la coalición norteamericana, británica y española que encabezaron sus entonces presidentes.

stoningCallan, porque les interesa, que cada terrorista es siempre libre para matar y morir. Que lo hace porque quiere, influido o no por sus cercanos. Que no todas las personas se dejan manipular ni siguen ciegamente los dictados ajenos. Callan, sobre todo, que la violencia islámica fue causa y no consecuencia de la intervención occidental. Que antes de dirigirse hacia nosotros ya sacudía a los propios musulmanes en Irak, Siria, Pakistán, Afganistán, Nigeria, Mali e Irán, por mencionar solo algunos casos. ¿O acaso también somos culpables los occidentales de las lapidaciones iraníes de mujeres en Teherán, del exterminio de homosexuales en Aleppo o de la masacre continuada de cristianos en Kenia?

media.phpNo es como ustedes dicen, señores Santisteve, Ribó y otros secuaces ideológicos cercanos. Existe una causalidad social múltiple que, a posteriori, puede servir para explicar el contexto, el origen o el devenir de los hechos históricos que nos acontecen. Pero la parte no es el todo. Y al final, en cada ataque terrorista, hay uno o dos o muchos asesinos que llevan a cabo un acto personal de libertad —mal entendida— para sembrar el caos, la destrucción y el dolor a cuantas más personas mejor. En consecuencia, ellos —y quienes los alientan, los animan, los estimulan y, mucho ojo, también quienes los justifican— son los únicos culpables de sus crímenes.

Todos los demás somos sus víctimas.

Incluso los alcaldes más patéticos.

untitled Psicario, portada alta-2400

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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