Un ángel de barrio

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Hacía un frío húmedo que se adhería a la piel. Una ventisca que abofeteaba el alma y penetraba hasta la médula por cualquier rendija en la ropa. Elvira contemplaba el río, absorta en ese colofón que había ido a buscar. Las aguas del Ebro estaban turbias, más que de costumbre, si bien el manto de la noche les otorgaba un cierto anonimato y las asemejaba a fauces. Sentada sobre el murete del puente de Piedra, en las proximidades del balcón de San Lázaro, sus piernas se balanceaban mientras la intemperie la cubría con un manto anestesiante, paralizando su voluntad en todos los sentidos: tanto para arrojarse al agua como para retroceder y regresar a casa.

No tenía Elvira un motivo especial para encontrarse allí. Un acontecimiento que hubiera desencadenado sus ganas de morir: ningún novio la había abandonado, ningún familiar se había muerto ni iba a perder su vivienda a manos de algún banco. Llevaba una vida razonablemente cómoda en el hogar de sus padres; conviviendo, eso sí, con la ruleta de sus brotes psicóticos. ¿Para qué vivir más tiempo?, se decía. Por eso se había ido de casa a hurtadillas esa misma noche, en camisón y con un abrigo viejo por los hombros. Pero en cuanto se encaramó al abismo, la pregunta que le sobrevino fue: ¿Por qué morir ahora?, lo cual la había paralizado en aquella posición intempestiva. Y la hubiera mantenido así, hasta el fatal desenlace, si nadie hubiera intervenido.

Jacobo nunca había sido un superhéroe. Antes al contrario, era un tipo secundario que solo destacaba con la baraja en la mano, cuando lanzaba un órdago imposible para ganar la partida. Era un ser nada agraciado física ni intelectualmente, desastrado y muy canijo, cuyo primer impulso fue pasar de largo, dejarse llevar por el avance e ignorar la escena que se estaba produciendo. Sin embargo, pese a la oscuridad, reconoció el atractivo de aquella silueta femenina con pechos generosos y pensó que no dejaba de ser una oportunidad para ligar. Cierto es que la motivación no fue nada elevada, pero Jacobo era un héroe de barriada, un superviviente de lo cotidiano que no pillaba cacho.

—¿Qué estás haciendo ahí, preciosa? Ten cuidado, no vayas a caerte —le dijo, farfullando.

—Decido mi futuro —le respondió Elvira antes de mirarlo.

—No deberías estar sola y así… tan desvestida. Ya me entiendes.

La joven se ruborizó al ser consciente, por primera vez, de cómo iba.

—Me llamo Jacobo y soy del barrio —señaló en dirección a la iglesia de Altabás—. Precisamente ahora me iba a tomar algo. Si quieres, te invito a echar un trago —y le guiñó un ojo como había visto hacer en las películas, estilo Richard Gere, improvisando una sonrisa de galán que, desde luego, no resultó tal.

—Qué te has creído que soy, ¿una fulana? —se indignó la chica mientras se bajaba del reborde. Y antes de que Jacobo pudiera reaccionar, comenzó a insultarle—. ¡Cerdo!, ¡guarro!, ¡sátiro! ¡Déjame tranquila o llamaré a la policía!

Aturdido, Jacobo aceleró su recorrido hasta la Margen Izquierda. Elvira desanduvo su camino en dirección a casa, donde llegó aterida y sin dar explicaciones.

Nunca se enteró de ello, pero le salvó la vida. De no haber intervenido, Elvira se habría arrojado al río y habría muerto ahogada.

Nadie le dará las gracias nunca.

Nadie le reconocerá su mérito, ni tan siquiera él mismo.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Enero 2013]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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