Jugando el Cesaraugusta

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Siempre había tenido la ilusión de estar allí algún día. Desde que sus padres lo apuntaron a la escuela de fútbol de Stadium Casablanca, con solo cuatro años, y se enfundó por vez primera la camisola verde había fantaseado con aquello. Entonces no era todavía muy consciente de que esa actividad que tanto le divertía iba a convertirse en su pasión. Pero desde el primer entrenamiento supo que saltar al césped artificial con sus amigos-compañeros y esforzarse al máximo para que el balón llegase hasta la red le colmaba de satisfacción.

El fútbol base es tan competitivo como la vida misma. Resulta complicado, por ello, mantener una trayectoria continuada en la elite de un club de primer nivel como era el suyo. Requiere adaptarse a diferentes entrenadores, gustos y sensibilidades, aismilar estrategias deportivas diversas y sobreponerse a las lesiones, los estados de ánimo y las exigencias durante los entrenamientos y las competiciones. Año tras año, algunos de sus mejores amigos-compañeros se habían quedado por el camino en ese casting deportivo que a él lo fue llevando del prebenjamín al benjamín, el alevín, el infantil y, finalmente, el cadete el Stadium.

Se había hecho mayor. Además de ganar centímetros, triplicar su envergadura, ver sus piernas pobladas de pelo, desarrollar su musculatura y echarse su primera novia, había crecido en competitividad, espíritu de equipo y disciplina, al tiempo que había hecho propios los valores del deporte colectivo dentro y fuera del campo. Muchas veces, a lo largo de su infancia, se había imaginado disputando el Torneo Cesaragusta, aunque no siempre había estado seguro de lograrlo. En el infantil B, sobre todo, tuvo problemas de rodilla ocasionados por el crecimiento durante la pretemporada, no pudo entrenar en mucho tiempo y perdió consecutivamente los trenes de la titularidad y la confianza del míster hasta el final de la primera vuelta. Entonces se sintió fuera del equipo de cara al año siguiente, pero continuó esforzándose, animado desde casa, en cada entrenamiento. Y el trabajo duro, la constancia, dieron sus frutos en cuanto las molestias físicas desaparecieron. Aquel final de temporada fue excelente, y ese mismo entrenador lo convirtió en indiscutible en la categoría superior.

Ahora, en el División de Honor Cadete, se encontraba pleno de optimismo y energía. Su equipo le había ganado en Liga al siempre intratable Real Zaragoza, así que confiaba en que iban a hacer un buen trofeo y a ponérselo difícil al Madrid, al Celta y a cualquier otro rival que les tocara.

Por fin llegó el gran día. A sus quince años se enfrentaba por primera vez al Real Madrid y, mientras se abrochaba lentamente los cordones de sus botas verdes, en vez de bromear con el lateral derecho permaneció reflexionando quedamente. Había un silencio denso, litúrgico, en el vestuario. Ni siquiera habían conectado todavía los altavoces con esa música moderna que les ponía las pilas antes de cada partido. El ariete verderol se imaginó, entre tanto, a sus rivales: cualquiera de ellos podría llegar a ser Iker Casillas, Raúl, Soldado o Arbeloa. O parecerse a Iniesta, Valdés, Mata, Guti, Míchel, Cani o Zapater, que también jugaron en su día aquel torneo. Miró hacia su izquierda y vio al portero titular ajustándose los guantes, sereno, concentrado. Un poco más allá estaba el tipo más cachondo del vestuario, con esa expresión de chico malo con la que siempre recibía los encargos. Desplazó la mirada treinta grados más y vio a los interiores calzándose las botas, mientras el mediocentro y un central charlaban menos animosamente que otras veces. Entraron los entrenadores, también iba el psicólogo, pero esta vez no hacía falta ningún speech motivador. El entusiasmo, el convencimiento y la fuerza compartida se palpaban en cada rincón del vestuario. Al otro lado estaban sus iguales del Real Madrid. Pese al escudo que llevaban en el pecho, sus rivales no eran más que ellos.

Fútbol es fútbol. Jugaban en casa e iban a darlo todo para disfrutar de esa experiencia. Para derrotarlos o, cuando menos, vender cara su piel. Para adornar con una felicidad mayúscula ese compartimento que siempre conservarían en la estantería personal de sus recuerdos.

Salieron concentrados hasta los aledaños del campo y allí aguardaron impacientes la aparición del trío arbitral. El Madrid los esperaba. El delantero del Stadium se colocó el tercero, justo detrás del portero. Al mirar a un oponente de soslayo, no vio a ningún futuro crack del balompié nacional, sino a otro chaval deseoso de jugar al fútbol. Era alguien como él.

Contempló a continuación el terreno de juego, abarrotado de público. Intentó sin éxito localizar a sus padres. No le importó no lograr hacerlo en el primer vistazo: sabía que ambos estarían animándolo en la grada.

Cuando las formaciones arrancaron tras los colegiados, el ariete se olvidó de sus pensamientos, impresiones y emociones.

Tenían un partido que jugar.

Se concentró en ganarlo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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