Pepón, el cofrade torpón (cuento infantil)

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Había una vez un precioso pueblo de montaña rodeado de pinares, buen ambiente y aire puro, que tenía una magnífica iglesia a la que se accedía por una escalera muy, pero que muy grande.

La primera procesión de Semana Santa estaba a punto de empezar. Las dos cofradías de la villa, la de los capirotes rojos y la de los capuchones verdes, estaban preparadas. La plaza se encontraba abarrotada, ya que casi todos los vecinos querían seguir la procesión desde su inicio y se habían colocado al pie de la escalera.

En la puerta de la iglesia, el sacristán dio la señal y todo comenzó. Los tambores comenzaron a sonar (po pom, pom, popom), los pasos se elevaron y los cofrades iniciaron la marcha. Los espectadores admiraban el espectáculo con gran emoción (po pom, pom, popom).

Pepón, que nunca había participado en una procesión (po pom, pom, popom), estaba muy nervioso. Cuando llegó su turno, con las prisas, se colocó el capuchón al revés, de tal forma que los agujeros para ver le quedaron justo en el cogote (po pom, pom, popom).

—¡Qué oscuro está todo! —pensó mientras golpeaba el tambor con todas sus fuerzas (po pom, pom, popom). Salió muy despacio, poniendo el máximo cuidado en cada paso. La percusión sonaba atronadora (po pom, pom, popom). Quince cofrades ponían todo su empeño y atención en descender por la escalera con el paso más hermoso encima de sus hombros (po pom, pom, popom).

Y entonces, Pepón llegó hasta el primer escalón y… ¡po pom, pom, pom, pom, po pom, pom, pom!, se cayó rodando escaleras abajo con increíble estrépito.

Para colmo, en su caída, derribó a todos los cofrades que marchaban por delante. ¡Po pom, pom, pom, pom, po pom, pom, pom! ¡Incluso el antiquísimo paso de la Pasión salió volando!

Los espectadores, asustados, no daban crédito a sus ojos. Una gran masa de cuerpos, capirotes, túnicas y tambores se amontonaban al pie de la escalera.

Muchos de los cofrades que iban por detrás no se dieron cuenta del suceso y continuaron la procesión como si nada (po pom, pom, popom).

Pero, cuando llegaron abajo… ¡po pom, pom, pom, pom, po pom, pom, pom!, tropezaron y cayeron también sobre los cuerpos. ¡Hasta el sacerdote se quedó patas arriba!

Pepón, entre tanto, se levantó como si nada (po pom, pom, popom) y avanzó a ciegas en la dirección que creía la correcta. Sin saberlo, llegó hasta la fuente y… ¡po pom, pom, pom, pom, po pom… chof! ¡Cayó en ella de cabeza!

En el agua, el capuchón se le salió y por fin descubrió todo lo ocurrido. Se sintió muy avergonzado. En cuanto fue posible, la procesión continuó y Pepón no volvió a hacer ninguna de las suyas.

Desde aquel día todo el pueblo le llama «Pepón el Torpón» y, cuando lo ven, los vecinos le saludan siempre de este modo: “Pepón…¡po pom, pom, popom!, ¡po pom, pom, popom!”.

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Inventé este cuento infantil cuando mi hijo Diego era pequeño, y se lo contaba en estas fechas antes de acostarse. Si entonáis las onomatopeyas con gracia, diferenciando tamborradas y golpazos, ¡a los peques les encanta!

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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