Lidiando en Cataluña

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A mí no me van mucho los toros, más bien al contrario, y en ejercicio de mi libertad decido no asistir a las corridas. Soy libre para hacerlo. En Cataluña, ya no. La decisión del Parlamento catalán de prohibir las corridas de toros anula mi libertad de no-asistencia. Lo han decidido por mí. No hay más que hablar, tema cerrado. Cierto es que el debate ha sido generado por la iniciativa ciudadana, que ha recogido 180 000 firmas en contra (quiénes están detrás se desconoce). Pero los hechos son los hechos: espectadores, toreros, apoderados, mulilleros, banderilleros, ganaderos y empresarios taurinos deben olvidarse de las plazas catalanas. Tacharlas de su lista de destino cueste lo que cueste (que, en época de crisis como estamos, volverá a ser un buen pico entre indemnizaciones, comisiones y gestiones).

No quiero pensar (aunque me cuesta) que haya intrigas palaciegas pronacionalistas detrás de la noticia. Que la tauromaquia haya sido convertida en símbolo de lo español y sacrificada como un toro de lidia. Sé que existen sensibilidades sinceramente heridas por el maltrato animal, y otras no tanto; lo mismo que hay ecologistas y vegetarianos más y menos consecuentes y personas convencidas del derecho irrenunciable a la vida de los no nacidos. Pero, en el caso de los toros catalanes, ¿justifica su existencia la prohibición?

Pasará la noticia y poco a poco nos olvidaremos de los hechos. Habrá una libertad menos en Cataluña, un vacío cultural dejado por la fiesta desterrada, una lógica tristeza en los nostálgicos taurinos y un exilio voluntario de los afectados. Habrá otras tradiciones aceptadamente catalanas que se impulsarán, como los Castellers, esas torres humanas de hasta 10 m de altura cuyas más arriesgadas posiciones ocupan niños muy pequeños, a veces presionados por su entorno para trepar hasta arriba. No haré demagogia: no seré yo quien proclame prohibir esta seña de identidad catalana en defensa de la infancia y en previsión de accidentes (según la Generalitat, ‘solo’ han muerto 3 personas en los últimos 150 años). Quién sabe si, algún día, una plataforma ciudadana impulsará también este debate.

Únicamente aportaré un dato objetivo para la reflexión: la catalanísima tradición de las torres humanas parece tener su origen a finales del siglo XVIII. Curiosamente, 76 años antes ya se celebraban fiestas taurinas en Gerona. ¿Cuál es, así, la tradición más catalana?

*   *   *

Artículo de opinión publicado en Las Crónicas, de El Periódico de Aragón, en agosto de 2010. El tema sigue siendo de absoluta actualidad, sobre todo tras la reciente concentración de protaurinos.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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