La canallada

Portrait of angry businessman shouting

No tuvo puta gracia. Perdimos el control desde el principio, cuando creímos una idea cojonuda llamar a ese programa de televisión con el que nos partíamos de risa. Francisco siempre fue un tipo orgulloso, visceral, un perro ladrador pero que nunca mordía, un morlaco de metro ochenta y nueve con las manos grandes como guantes de beisbol, una mandíbula cuadrada y un frontis mucho más despejado que la mente. Teníamos veintinueve años, éramos amigos… y acababa de estrenar un 307 del que estaba orgullosísimo. Lo lavaba y enceraba cada viernes en el rato de comer, para lucirlo brillante durante el fin de semana. La jugada, en teoría, estaba bien trenzada. El gancho era un reportero experto al que llamaban ‘Ferrari’ porque sus víctimas pasaban de cero a cien en solo unos segundos. Aguardó paciente a que Francisco estacionara y se acercó a él deprisa, con el equipo de grabación entre la ropa y una segunda cámara camuflada en los contenedores:

—No puedes aparcar aquí. Vivo en ese portal, este es mi sitio —Francisco tardó en reaccionar, sin acabar de comprender a qué se refería—. Eh, grandullón, haz el favor de retirar tu coche. Tengo la plaza reservada, es mía.

Por un momento, nuestro antiguo amigo buscó sin éxito, con la mirada, un baden ignorado. Entretanto, el reportero ya se había aproximado a su Peugeot y blandía peligrosamente el manojo de las llaves ante su carrocería:

—Vamos a llevarnos bien, amigo. Retira tu vehículo ahora mismo.

Francisco no había tenido muy buen día; venía rebotado, encabritado por algo. Como era previsible mordió el anzuelo fuerte, entró al trapo e inició una discusión con el provocador, un intercambio de descalificaciones que el de la televisión alimentaba con veladas amenazas e insinuaciones procaces:

—Tú mismo. Si lo dejas ahí tal vez te lo encuentres tan rayado que parecerá una cebra. Y con el orangután que lo conduce, será como la selva.

Francisco, declaró un testigo, perdió los nervios cuando, según parece, el reportero no guardó la distancia de seguridad y se le aproximó en exceso. Inesperadamente, el brazo de Francisco se accionó como una catapulta e impactó atrozmente en la sesera del instigador, quien cayó fulminado hacia su izquierda, con tal mala suerte que se golpeó en la sien contra el bordillo. La broma acabó trágicamente. No pudimos comentarla entre cubatas, solo testificar en el juicio.

El periodista murió estúpidamente haciendo su trabajo.

Francisco cumple condena en Zuera. Desafortunada, idiota e inconscientemente, fue culpable de homicidio.

Nunca podrá perdonarnos.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Julio 2011]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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