Fin del partido

Abrapalabra, Aragón Deportivo, Fin del partido

El cuarto estaba oscuro. Olía densamente, pero no a ese tufo cargado de los lugares cerrados, los sótanos viejos o las habitaciones escasamente ventiladas. Era una peste ajena, decrépita, que le produjo desconcierto y dudas antes de continuar avanzando. Allí estaba la vetusta cama con el travesaño de forja en la que tantas siestas veraniegas había compartido con su abuelo. En la penumbra, empujado suavemente por la mano paterna que descansaba en su hombro, se abrió paso entre las siluetas pardas que, cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, comenzó a identificar. Esquivó al tío Gabriel, a la prima Carmen y las voluminosas curvaturas de la tía abuela Brígida. Conforme se acercó al cabecero de la cama, sus pupilas dilatadas le permitieron interpretar mejor la escena y reconocer el cuerpo yaciente que permanecía inmóvil sobre aquel lecho cargado de recuerdos. La yaya Concha se abalanzó sobre él, nerviosa, le sujetó los mofletes con sus manos nervudas y le asestó sendos besos de labios acartonados y babosos.

—Dale un beso al abuelo, hijo mío —le susurró con voz tan débil que le costó entender lo que se le pedía.

Paco, su yayo, se moría. Percibir su respiración dificultosa incrementó su inquietud. Pese a todo, quería despedirse de aquel hombre que nunca se había perdido sus partidos de fútbol base y que era capaz de recitar de carrerrilla la alineación de los Magníficos, de los zaraguayos y el once de Beenhakker. Al aproximarse a él para besarlo, recordó sus conversaciones sobre el Zaragoza, cómo le contaba sus éxitos de antaño y cómo le reñía Concha, su mujer, cuando se ciscaba en los muertos de Agapito Iglesias delante de su nieto, mientras veían juntos, en el Canal Plus, otro partido insufrible de aquel equipo decadente. Al tiempo que él se comía su merienda de pan con chocolate, el abuelo le hablaba de victorias, de gestos, de futbolistas legendarios capaces de golear al Barcelona y al Madrid, de recorrer Europa victoriosos y de despertar la admiración y la adhesión de media España.

Sintió su rostro frío, rasposo, y el hueso de su pómulo salido le presionó la cara de un modo desagradable.

—¿Habéis llamado al médico? —oyó a su padre hablando con su abuela.

—Ya solo podemos esperar —le respondió entre sollozos.

Y así lo hicieron. El adolesente desanduvo el camino y se acomodó junto a la ventana, donde la persiana filtraba un haz de luz que otorgaba un tenue matiz de vida a aquella estancia. Tenía el permiso de su padre. Así que conectó a su móvil los auriculares, sintonizó la retransmisión en su emisora favorita y se los colocó en los oídos con el volumen muy bajo. Entre jugada y jugada, en aquel cuarto con más sombras que luces, miraba el cuerpo tendido de su abuelo, o se entretenía indangando en los rostros compungidos de sus familiares. Incluso la prima Adela, siempre tan graciosa, permanecía callada con el rostro compungido.

El primer tiempo transcurrió sin otra novedad que la llegada de los tíos de las Cinco Villas, quienes se esforzaron sin éxito en hacerse oír por el moribundo.

—El médico ha dicho que es cuestión de horas. Se ve que no está sufriendo, ¿verdad?
—buscó consuelo la yaya Concha en el abrazo de su primogénito.

En el minuto 60, Lluís Carreras hizo un doble cambio que consiguió modificar la dinámica del juego. El mediocentro y el extemo de refresco aportaron un mayor control del juego que permitió al zaragocismo soñar con esa victoria que iba a colocar al club a las puertas del ascenso.

Miró a su abuelo. Y, por una ilusión óptica entre las sombras, creyó por un momento que le guiñaba un ojo. Tras la conmoción consiguiente, el chico volvió a concentrarse en el partido y vivió los últimos minutos con toda su emoción.

El gol de Ángel llegó tras un rebote. No importaba. Valía tres puntos y más de medio ascenso. Llevado por la euforia, el chico gritó ¡goool, goool, goooooooool! hasta que todos lo miraron y le dirigieron gestos recriminatorios. De inmediato, se retiró los auriculares para disculparse.

En el silencio mortuorio posterior a los reproches, cuando nadie había regresado aún a sus posiciones esperando el desenlace, una voz agónica, grave, alicaída pero perceptible, rompió el vacío:

—¿Cómo vamos, nietico? —balbuceó el abuelo.

—Ganamos cero a uno. Solo queda un minuto. ¡Subimos a primera, yayo!

El hombre ya no contestó. Exhaló un último suspiro, un estertor profundo y decisivo, mientras el colegiado señalaba el final de aquel partido.

A la mañana siguiente, en el interior del féretro que los empleados de la funeraria se disponían a trasladar al cementerio, el abuelo descansaba con una leve sonrisa de satisfacción.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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