El crack

Abrapalabra, El crack

No es que fuera un soñador, estaba convencido de que su hijo alcanzaría las metas que a él se le escaparon. Lo poseía todo: visión, potencia de disparo, buen regate y excelente conducción; le faltaba, tal vez, algo de rasmia, pero la aprendería cuando topara con el entrenador adecuado. Entre tanto, él lo espoleaba a voz en grito durante los partidos: «¡Mete la pierna, [+ taco]!», «¡Corre más, [+ doble taco]!», «¡Espabilaaaaaa, [+ triple taco doble]!». No importaba que acabara de cumplir diez años: iba a triunfar en primera división, esa que él jamás pudo alcanzar. Por eso vivía los partidos y los entrenamientos de su hijo con ansiedad vital; por eso lo entrenaba cada tarde libre hasta la extenuación, haciéndolo sufrir si era preciso para mejorar su rendimiento. «¡Si tuvieras un poco más de sangre, [+ taco]», le decía entre dos chutes cuando estaban mano a mano sobre el césped.

Los días de partido solo tenía ojos, y berridos, para su unigénito. El juego del equipo había sido bueno o malo en función de los méritos del hijo. El resultado era adecuado según sus goles y asistencias. El entrenador era el mejor si le daba confianza, y no tenía [taco] idea cuando lo sentaba. Entre semana, obligaba a su hijo a abandonar los deberes —y sus pasatiempos— para seguir entrenándose con él unas horas más.

El tiempo transcurrió. El benjamín creció, se hizo muchacho, y siguió jugando al fútbol a un nivel notable hasta que la adolescencia le inoculó la rebeldía y el hartazgo lo animó a romper esa baraja. Mandó a cascarla a su papá y continuó aparcando los estudios, pero ahora para hacer botellón con los amigos. No se divertía con el fútbol. Tantos años de exigencias y reproches se cobraron su factura. Se sentía más libre por los bares, entrando a las chavalas, ajeno por fin a los ojos vigilantes de su padre.

—Con tus cualidades no puedes dejarlo, [taco] —le exhortó cuando supo que faltaba a los entrenamientos con frecuencia. Tal fue su frustración paterna que nunca comprendió lo sucedido. «Le faltaba rasmia», se justificó para librarse del remordimiento.

Con veinticinco años, el hijo se volvió a poner las botas y fichó por un equipo de colegas. Disfrutó por fin del fútbol. Su padre, que nunca más fue a verlo, aún sigue pensando que tiró por la borda su futuro. Y en verdad lo hizo. El día que dejó de hacer deberes para pelotear con él tras un futuro ajeno.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Junio 2010]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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