El viejo del Barrio Rojo

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EL VIEJO ROY perdió la virginidad, y la razón, casi al mismo tiempo. Ahora recorre el Barrio Rojo con una máscara ridícula, haciendo muecas y sonidos hilarantes ante la mirada sorprendida de los visitantes. No es mala persona, si bien sus circunstancias nunca fueron buenas. Llegó a Amsterdam como estudiante, pero sucumbió por culpa de los vicios: era manirroto, pendenciero, bebedor y asiduo del cannabis, así que prefirió encontrar trabajo en el puerto para disponer de recursos inmediatos. Nunca fue un sujeto apuesto. No tenía la paciencia necesaria para seducir a las muchachas y, habiéndose instalado en ese barrio libertino, pronto pasó de merodear las vitrinas de las prostitutas a llamar en ellas, con la esperanza de ser aceptado para desahogarse tras acordar la tarifa.

Allí conoció a Diantha, que tenía nombre de flor y pechos como rosas. Tardó unas cuantas noches en aproximarse hasta el cristal, por miedo a su rechazo. Lucía un corpiño rojo curvilíneo que cimbreaba su silueta, a ojos del buen Roy, lo mismo que a una artista. Cuando venció sus reparos, ella le dirigió un pícaro gesto y él se acercó hasta la puerta, donde le recibió un hombretón de dos metros de vigor ante el que se sintió pequeño. Entregó una parte del jornal y se solazó con ella, en uno de esos coitos ejemplares de manual de prostituta —ligero, superficial y muy precoz— que dejó a la mujer dispuesta para el próximo y a Roy enamorado. Su vida se convirtió, desde entonces, en una rutina destructiva: trabajo duro y Diantha cada noche, hasta que se quedaba sin nómina y tenía que sustituir esos contactos carnales por rondas de miradas. Vagaba ansiosamente entre los escaparates, los coffeeshops, las tiendas de lencería y los turistas, anhelando unas migajas de atención que Diantha, al cabo de unos meses, dejó de concederle. Le asustó su persistencia, sus miradas insistentes, la compulsión con la que la penetraba, los poemas absurdos que le recitaba. Cierta noche, ella le negó el permiso y, él, se fue confuso. La siguiente, se acercó a la puerta pese a todo y se enfrentó al hombrón hasta que se ganó un par de guantazos. Pese a quedar con el rostro ensangrentado y la mirada acuosa —más de incomprensión que de dolor— acudió otra vez al cabo, ya recuperado, con una máscara, y así lo hizo una y otra vez recibiendo en no pocas ocasiones insultos, amenazas y patadas del rufián de dos metros de altura. Después de tanto tiempo, persigue todavía aquellos sentimientos que desaparecieron por completo años después, cuando en el escaparate de Diantha encontró a una joven oriental, hermosa pero insustancial. Nunca supo qué fue de su amada. En su locura, sigue yendo allí a buscarla cada noche, con su estrambótica máscara, oliendo a porro, alcohol y anhelos de encontrarla.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Noviembre 2011

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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