El profesional

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La suerte se encuentra en el lugar exacto donde coinciden la oportunidad y la preparación. En ello había confiado siempre, en las palabras de su padre, fallecido en un accidente de circulación provocado por un conductor suicida pasado de estupefacientes. Perico Diosdado había adaptado esa definición amoldándola a su vida: la desgracia se encuentra en el lugar exacto donde coinciden el destino y la calamidad. Nadie le había regalado nunca nada. Ser un futbolista profesional no necesariamente resulta glamouroso, exquisito o relajado. En su caso había padecido todas las cruces de su oficio: la incomprensión de demasiados entrenadores, las lesiones, los impagos, las agresiones, los insultos de las aficiones belicosas y la emigración continua en busca de un salario digno con el que alimentar a su familia.

Era un jugador de club. Un futbolista honesto y esforzado, dispuesto siempre a disputar cada balón dividido en cada entrenamiento. Llegaba el primero a la ciudad deportiva y se marchaba el último, se cuidaba, nunca trasnochaba. El fútbol era su pasión y solo su bebé, recién nacido con una preocupante enfermedad congénita, le hacía disfrutar más que presionar a los rivales. Le había costado muchísimo llegar a la Segunda División, pero ni siquiera su fichaje le había abierto las puertas de un porvenir placentero.

Al comenzar la temporada, el entrenador le transmitió que él no había solicitado su fichaje, que le había sido impuesto por el director deportivo y que, pese a todo, pensaba darle las mismas oportunidades que a todos los demás:

—Gánate el puesto en los entrenamientos. Todos los futbolistas son importantes en mis equipos.

Y así fue. A pesar de que en las primeras jornadas su nombre nunca aparecía escrito en las convocatorias, Diosdado se mostraba decidido a convertirse en futbolista titular de la Liga Adelante. Y, progresivamente, comenzó a ganarse la confianza del míster. La lesión de un mediocentro secundario le permitió ser convocado, e incluso calentó en la banda, si bien el entrenador decidió al final sacar al campo a un interior más creativo.

Dos jueves después, en el partido de Copa, Diosdado se enfundó por vez primera la camiseta titular de su nuevo equipo en una competición oficial. Jugó muy bien. Aportó equilibrio, presión y consistencia, e incluso salvó un gol, bajo los palos, despejando de cabeza. A partir de ese partido empezó a disfrutar de minutos, se consolidó de manera indiscutible en las convocatorias y se hizo con la titularidad cuando los malos resultados animaron al entrenador a modificar el sistema de juego. Como segundo pivote, Diosdado se destapó como un futbolista eficaz, sacrificado y siempre positivo.

Pero el fútbol no entiende de romanticismo. Cuando dos meses después sintió molestias musculares en el cuádricep, se acercó al banquillo y avisó al preparador físico de que tenía problemas. Pero el extremo colombiano también andaba renqueante, como casi siempre, y el técnico decidió gastar con él el último cambio, en vez de dar descanso al bueno de Diosdado. Terminó el partido dolorido. La posterior revisión médica diagnosticó una rotura muscular de grado dos, y el jugador se vio de nuevo fuera del equipo, de la competición, de las convocatorias.

En los seis partidos que él faltó, sus compañeros solo sumaron dos puntos. El director deportivo, que nunca le había perdonado al entrenador sus puyas mediáticas, propuso a la junta directiva la destitución del preparador, y así se hizo. Llegó un míster con caché de La Masía y nula experiencia en la categoría, convencido de que los centrocampistas deben ser jugones antes que sacrificados. Pidió la llegada de dos medios, así que, cuando se recuperó Diosdado, la nómina de futbolistas en su puesto se había incrementado considerablemente.

Dicen los más sabios que la vida es una sucesión de ciclos. Perico Diosdado tuvo que iniciar, de nuevo, el suyo. Se esforzó otra vez en cada entrenamiento para ganarse la atención, el interés y la confianza del entrenador. Reclamó en cada partidillo la oportunidad que merecía. Y, por fin, tras mes y medio, su nombre volvió a aparecer en la citación del próximo partido.

Hoy, Perico Diosdado tiene claro que no puede fallar. El nuevo míster le ha explicado que va a jugar de stopper, en el medio campo, para frenar a la figura rival, cuyo contrato es uno de los más elevados de la categoría. El suyo, el de Perico, apenas supera el mínimo salarial. Pero al saltar al césped y oír el griterío enfervorizado de las gradas, Diosdado ya no piensa en ello. Tan solo se concentra en hacer bien su trabajo. Sabe que su padre, allá en el cielo, volverá a estar muy pendiente de cómo le va todo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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