El asno de Buridán

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El asno de Buridán murió de hambre y sed, teniendo agua a un lado y alfalfa al otro, por no ser capaz de decidir adónde dirigirse primero.

La vida es, sin género de dudas, un proceso permanente de toma de decisiones. A través de ellas vamos estableciendo los caminos que se abrirán ante nosotros; no hay decisiones inconsecuentes: todas afectan de algún modo a nuestra realidad, incluso de las más triviales se desprenden consecuencias que marcarán el devenir de nuestra biografía.

Pero, necesitando tomar decisiones como lo necesitamos, y siendo tan habitual esta exigencia, ¿por qué nos cuesta tanto decidir? Por el miedo al fracaso, por la asunción del riesgo que conlleva desconocer si estamos acertando o no y, sobre todo, porque elegir supone renunciar: si emprendo este proyecto, pospongo aquel otro; si veo este canal no veo ese; si me caso renuncio a la soltería. Por eso nos cuesta tanto decidir, especialmente cuando nos encontramos en uno de esos momentos cruciales de nuestra existencia (todos los son, por otra parte) en los que sentimos llegada la hora de agarrar a nuestro destino por el talle. Es entonces cuando debemos conseguir que el corazón, la razón y la voluntad aúnen intereses y se decanten por una sola alternativa; no al tun tun, sino convirtiéndonos en soberanos de nuestra biografía, en protagonistas y no solo espectadores de nuestra vida, construyéndola como lo hace el director de una película, eligiendo concienzudamente hasta el menor de los detalles, asegurándonos de este modo de que, finalmente, la nuestra será una espléndida comedia y no un drama penoso.

Es fundamental, eso sí, que sea cual sea la determinación adoptada nos volquemos en ella con todas nuestras fuerzas, asumiendo las consecuencias previstas e imprevistas, sin volver la vista atrás, concentrándonos tan solo en el camino que se abre ante nosotros, previendo los obstáculos e ideando las maneras de vencerlos, echando el resto para realizar nuestros planes.

Obrando de este modo obtendremos la recompensa merecida. Porque, en el peor de los casos, aunque no salga todo como teníamos pensado, disfrutaremos la paz interior que produce haber realizado cuanto estaba en nuestras manos, la satisfacción de haber actuado óptimamente y el aprendizaje que solo se consigue a través de la experiencia. Como decía John Sculley, directivo norteamericano vinculado a Pepsi y Apple: «Yo he descubierto que aprendo más de mis fracasos que de mis éxitos. Si uno no comete errores, señal de que no arriesga lo suficiente».

Así que, señores, no nos comportemos como el asno de Buridán y decidámonos a ejercer nuestra libertad. Asumamos el riesgo del fracaso, brindemos por él, porque es el único camino que puede conducirnos hacia el éxito. Hacia el verdadero, el nuestro, el que solo se consigue tomando, y asumiendo, nuestras propias decisiones.

*   *   *

En octubre de 1998 publiqué este artículo en el diario Noticias Jóvenes. Al cabo de casi veinte años, sus reflexiones siguen siendo actuales.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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