Corazonada

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La primera vez que la vi me deslumbró su apariencia. Pese al desaliño, sus grandes ojos verdes miraban todavía con desdén, como si estuviera acostumbrada a manejar a los hombres a su antojo. Pedía limosna en la plazuela. Era hermosísima, el descuidado cabello le caía a borbotones sobre el pecho, que parecía generoso pese a los anchos ropajes. Tendría poco más de treinta años. Deposité dos euros en el gorrete de lana que había dispuesto junto a ella, y estuve a punto de ofrecerle un poco de conversación, también esa caridad suele ser agradecida por los mendicantes, pero ella desvió la mirada y se concentró en otro señor que rebuscaba en los bolsillos.

La segunda vez me hizo perder el sentido y, literalmente, me desgarró el corazón. Era una noche cerrada de infortunios transformados en insomnio. Refrescaba. Entre semana, las madrugadas suelen ser tranquilas, vacías de trasiego y, por lo tanto, calmantes. No esperaba verla pero la encontré, vagando por la noche igual que yo. Pensé que tal vez pudiera hacerle compañía, y ella a mí, así que aceleré mis pasos y llegué a su altura. Carraspeé, inseguro, sin saber cómo abordarla. Ella miró de reojo hacia mi sombra. Tal vez se asustó, si bien mantuvo el paso lento, retirándose a la izquierda para dejarme pasar. Yo quería hablarle, pero las fantasías se agolpaban en mi mente a sacudidas y no me permitían concentrarme.

Elegí mal. Aceleré y me giré con brusquedad para no darme tiempo a arrepentirme. Le sujeté el antebrazo; ella interpretó agresividad en lo que era, solamente, acercamiento. No gritó. No mostró miedo. Sus ojos se rasgaron todavía más y sentí un pinchazo sobre el pecho, mortal, desesperado. Gorgojeé un «Dios mío» exhausto y me trastabillé antes de caer al suelo. Pronto se formó a mi alrededor un charco de sangre. Ella me miró un instante sin arrepentimiento, antes de mezclarse con la oscuridad.

Mientras pierdo la vida en esta callejuela inhóspita, suspiro por volver a verla. Y mientras entrecierro la mirada porque los perfiles de las casas se me desvanecen, creo percibir de nuevo el olor intenso a orín que la antecede. Vuelve para interesarse. Todavía podremos estar juntos: la perdonaré, me curará, iremos a mi casa. Siento su mano entre mi gabardina. Me va a tapar la herida. Intento ver su cara, procuro sonreírle.

Y entonces me doy cuenta de que se está llevando mi cartera.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Mayo 2010]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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