Pendientes de libertad

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PANG SUN OK no conoce lo que es la libertad. Para ella, Internet, los móviles, las revis-
tas del corazón y el rock and roll son conceptos inimaginables, vacíos de significado. Los
únicos famosos que conoce son Kin Il sung, el Presidente Eterno de la República, y su hijo y sucesor Kim Jong-il, cuyos retratos venera. No es por convicción; ni siquiera por miedo. Es el hábito lo que produce su glosa. Desconoce que los familiares de su vecina Jong Son Sin desaparecieron dos semanas después de que la joven menospreciara en público la imagen del gran líder. De ella nunca más se supo, y dicen que sus padres, hijos y marido fueron internados en el Campamento 22, donde se hacinan 50 000 personas, en su mayoría familiares de individuos desafectos con el autoritario régimen. Ella es ajena a esas cosas.

Glosa cuando tiene que glosar, cabecea ante las fotos cuando debe hacerlo, trabaja en la fábrica de confección, cambia de ocupación todos los viernes y dedica el sábado al estudio como establecen las normas, canjea con periodicidad sus cupones de comida y algún que otro domingo se gasta 50 wones en el cine o sale a hacer un picnic junto al río Taedong. Tiene un pretendiente con el que se casará en unos años; tendrán un par de hijos y compartirán, el resto de sus días, todas sus rutinas. Eso sí, jamás les preocuparán las hipotecas: tendrán una vivienda gratuita y la decorarán con imágenes del líder y su hijo, a los que seguirán venerando y agradeciéndoles todo.

Pang Sun Ok no necesita mucho más, si bien tiene un secreto. Algo que, en el país norcoreano, podría suponerle un castigo severísimo, incluso ser condenada a uno de esos terribles campamentos de concentración cuyos prisioneros cazan ratones para alimentarse o se pelean por conseguir granos de cereal aparecidos en los excrementos del ganado.

Hace unos años, su madre, la cual no veía a causa de unas cataratas, se benefició de una iniciativa del gobierno que permitió a un reputado oftalmólogo extranjero y a su equipo entrar en el país para operar a mil ciegos. Pang Sun Ok trabó amistad con una de las enfermeras y esta, agradeciéndole su simpatía, le regaló sus pendientes sin que lo advirtieran los supervisores. Los guarda envueltos en un trozo de papel, como un tesoro, y cuando no hay nadie en casa se los pone y juega a imaginarse que ella es la enfermera y viaja por ese mundo tan desconocido y peligroso. Los vuelve a recoger en cuanto percibe algún ruido. Durante esos cortos lapsos, por primera vez se siente diferente y barrunta, de un modo primario aunque real, lo que supone ser libre.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Octubre 2011

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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