Patada a seguir

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Soñaba con marcar un gol. No necesariamente el de la victoria, se conformaba con experimentar de nuevo esa sensación liberadora tras haber enviado un balón al fondo de esas mallas que nunca había utilizado. Alentado por la grada multitudinaria, coreado su nombre y abrazado después por cada uno de sus compañeros, Emmanuelle Mbuane solía despertarse en ese instante, cuando las luces de una furgoneta noctívaga le deslumbraban o, en el peor de los casos, la puntera de un gamberro le golpeaba a idea, provocándole, si cabe, un dolor aún más intenso que la realidad.

El muchacho era subsahariano, no importa de dónde. Era un buen chico en un lugar impropio, cuyos principales momentos de felicidad que recordaba siempre se asociaban a aquel balón de cuero que un viejo misionero les había regalado cierto día. Sobre aquella tierra yerma rodeada de sabana, sin líneas de tiza en el perímetro, redes ni porterías reglamentarias, los chavales organizaban sus partidos cada tarde. Y, todo sea dicho, desde muy pequeño había destacado en ellos. Sus delgadas zancadas eran ágiles y rápidas como las de una gacela; su golpeo era directo, seco y contundente; sus pulmones, incansables, y su capacidad de sacrificio acorde con la de sus paisanos, esos leones africanos para los que el sufrimiento nunca se asociaba a correr descalzos detrás de un balón de cuero.

Era un goleador. Su juego resultaba anárquico e individualista, en realidad nada diferente a lo que ocurría con casi todos aquellos chavales, pero solía ser tan efectivo que los capitanes rivalizaban para tenerlo en su equipo en cuanto lo veían. Solo Dongow, un chico mayor que él que lucía una camiseta azulgrana con el 10 de Messi en el dorsal —la cual nadie había llegado a saber nunca cómo ni cuándo la había conseguido—, era más popular que él sobre aquel campo de juego mal delimitado.

Cuando apareció allí Alex Embó, un presunto exfutbolista liberiano que se presentaba como agente FIFA y ojeador de clubes internacionales, Mbuane fue uno de los primeros a los que se dirigió. Sus palabras sonaron, exactamente, como el pequeño deseaba. Le oyó hablar de fútbol profesional, de ligas extranjeras, de emigración, de ese tipo de oportunidades que nunca se presentan dos veces en la vida:

—Tú juegas muy bien, Emmanuelle. Tienes un don, puedes llegar. No será fácil —matizaba para no destruir, por exceso, el embrujo embaucador de su oferta—, pero hay madera en ti. Puedo llevarte a Marruecos, donde sin duda ficharás por un buen club. Seguro que les gustas, los arietes siempre son muy caros. El resto dependerá de ti; pero, una vez allí, España está muy cerca…

Le habló de Samuel Eto’o, de Drogba, de Roger Milla y N’Kono, de los que aseguraba ser amigo. Y le puso el ejemplo del portero zaragocista Bono, a quien el chaval no conocía:

—Yo lo llevé al Atlético de Madrid. Ahora juega en España, en Segunda División, y es internacional por Marruecos.

Los ojos de Mbuane se abrieron tanto como su inocencia. El falso agente FIFA le habló de lealtad, de bonhomía… y de Eldorado:

—Tu familia solo tiene que pagarte el viaje, yo me encargaré de lo demás. Te acompañaré y haré que firmes un buen contrato al llegar. No olvides que soy representante de futbolistas, me dedico a esto, no lo hago por probar. Si no estuviera convencido de que hay un buen negocio para todos, no te haría esta propuesta.

Y así, tras visitar a sus padres, también los convenció. A todo el pueblo. Los progenitores, inocentes, vendieron lo poco que tenían y pidieron la colaboración de sus vecinos para tratar de agarrar ese sueño inalcanzable. Mbuane salió de allí jaleado como un héroe. Todos, en el poblado, celebraban su fortuna y creían que el muchacho volvería en unos cuantos años, cargado de dinero, famoso, idolatrado, y les devolvería con creces sus ayudas.

Pero Mbuane no tuvo más suerte que los otros cinco chicos con los que viajó a Marruecos. Una vez en Rabat, Alex Embó les pidió un café caliente en un bar de extrarradio, les dijo que tenía que hacer una llamada urgente y desapareció para no volver jamás. A él, desde luego, el negocio le salió rentable.

Mbuane, como sus compañeros, quedó expuesto a la miseria en un país extraño. Engañado. Estafado. Y arruinado. Había sido víctima de esas mafias insensibles que trafican con personas. Emmanuelle no podía regresar a casa, fracasado. Humillado. Sin dinero.

Con todo, tuvo los arrestos de llegar hasta Melilla andando y se encaramó a la gran valla metálica un día tras otro, hasta que amparado por la masa consiguió saltar a España y esquivar los controles policiales.

Es un ganador.

Sobrevive en Madrid como mantero, en manos de otra mafia. Ni siquiera se atreve ya a acercarse al Bernabéu por temor a cruzarse nuevamente con uno de esos neonazis que patean las costillas de los inmigrantes con la misma fuerza que él golpeaba el balón de cuero de aquel buen misionero.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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