Ráfagas de ausencia

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INGEMAR Rønning es una mujer desconsolada. Apenas habla con nadie desde que aconteció el suceso, sus iris siempre están vidriosos y su sonrisa se esconde en una mueca constreñida, doliente, perdida en esa cueva de la desesperación que la adormece. A ella no la atravesó ninguna de las balas del fanático noruego Behring. Ni siquiera estaba en la isla de Utoya aquel día terrible. Ingemar no probó bocado esa mañana, como las anteriores, y se aferró al café cargado para librarse del cansancio de la noche en blanco, quemándose la lengua a idea como si mereciera sentir en ella, durante el resto del día, la aridez dejada por la quemadura. Atravesaba una de esas etapas en las que los quehaceres cotidianos —cepillarse los dientes o el cabello, hacer la cama o incluso ducharse— ceden su lugar a un conglomerado de rutinas estúpidas y solitarias, como observar el vaho de los cristales, acariciar las mesas o pasar las páginas de un álbum sin enfocar, siquiera, sus imágenes. Aaric había desaparecido de su vida solo una semana antes de que ese desalmado lo acribillara a balazos. Esa era, todavía más, la razón que la angustiaba. El desapego de esos siete últimos días, la ruptura consentida, la colocaba en un lugar de nadie, entre el dolor, la desesperación, la incertidumbre; desprovista del papel de novia-viuda que una semana antes le hubiera dado, al menos, un rol al que aferrarse.

La angustia por la pérdida se veía incrementada, pues, por esa semana de ausencia que ya había soportado. La sorpresa, el desconcierto que anestesia los espíritus al perder de improviso a un ser querido, no habían calado en ella. Antes al contrario. Se arrepentía de cada vocablo, de cada grito, de los insultos escupidos durante aquella discusión doméstica no tan distinta a las otras, salvo por el desenlace. Ella le volvió a pedir que se marchara y Aaric, esta vez, cogió sus cosas y ya no regresó.

La fatalidad le había arrebatado, al mismo tiempo, la reconciliación que como enamorados se debían y al hombre de su vida.

Ella estaba ahora ida, ausente, desplomada en vida, afanada en encontrar una trinchera en la que refugiarse. Un parapeto emocional, un nicho al margen del mundo. Porque ya no estaba Aaric para abrazarla, tranquilizarla, mecerla. Nunca más sentiría el suave roce de su piel, sus besos… ni sus palabras de aliento. Y ese último recuerdo de él, intercambiando reproches, la sacudía tanto como los proyectiles de la semiautomática que le quitó la vida.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Septiembre 2011

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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