Imparable

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No se encontraba bien aquella tarde. En el vestuario se mostró más inexpresivo y taciturno que de costumbre: se vistió sus pantalones acolchados con desgana, ajustó mecánicamente el dobladillo de las medias y se enfundó su habitual zamarra fucsia con el uno legendario de dorsal. Después se colocó los guantes muy despacio, siguiendo su ritual de siempre, aunque su mente se encontraba a demasiada distancia. El segundo entrenador les exhortarba a darlo todo, les hablaba de sentir esos colores, de la grandeza del escudo y de la pasión compartida por todos aquellos miles de espectadores que abarrotaban el estadio. Se había colgado el cartel de no hay localidades en taquilla. Jugaban en casa, un derbi liguero. La rivalidad entre los dos equipos, alimentada por una enemistad ancestral entre las aficiones, sustentaba el discurso de aquel técnico con una larga trayectoria futbolística en el club.

Jonás tragó saliva con dificultad, ajeno al speech motivacional, centrado en ese monólogo interior que le encogía el alma. Tenía una misión. Un objetivo. Una enorme responsabilidad aquella noche. Lo que agrandaba su zozobra era, precisamente, esa confianza ciega que todos le expresaban. Desde el utillero al capitán, pasando por el director técnico y los aficionados congregados para ver la llegada del bus a las inmediaciones del estadio, todos le habían manifestado una certeza incontestable:

—¡Vamos a ganar! Eres el mejor, vas a dejar la puerta a cero.

El guardameta se recostó en el banco y apoyó la espalda contra la pared, mirando fijamente al infinito. Pensó en su esposa, que lo ignoraba todo. En su querido hijo, demasiado pequeño para entender los hechos. Sin ser consciente de ello, se encontró en el pasillo de acceso al terreno de juego, recibiendo el saludo cariñoso de un futbolista rival con el que había coincidido años atrás en otro equipo. No se mostró cordial aquella noche. Estaba enfadado, enquistado en el rencor que le generaba su misión.

El cuarteto arbitral, vestido de amarillo flúor, pronunció la orden de saltar al campo y, por un instante, dejaron de escucharse los gritos de ánimo entre sus compañeros de equipo o de profesión. Se concentró en el golpeteo de los tacos de las botas sobre el pavimento, metálico y constante, como si fueran balas del cargador de un kalashnikov lo que impactaba en el suelo.

El partido comenzó vibrante, con dominio permanente de su equipo y, en consecuencia, ausencia de exigencia en su portal. El público local chillaba entusiasmado. Su delantero centro —habitualmente tan preciso como el soldado Chris Kyle, el francotirador norteamericano más letal de la historia— falló un gol inexplicable a puerta vacía, lo cual puso en tensión al cancerbero. «¿Él también está en el ajo?», se preguntó, incrédulo, mientras las manecillas del reloj avanzaban inquietantemente hacia el cero a cero que su contacto le había anticipado. Un lanzamiento escorado de falta golpeó en la escuadra poco antes de que un remate de cabeza de su central izquierdo rozara el segundo palo. Algunos minutos después, el portero visitante realizó sendas paradas de mérito. Sin otras incidencias destacables, el árbitro indicó el descanso entre la euforia local, cuyos aficionados coreaban el nombre de su equipo mientras aguardaban, confiados, un mayor acierto en la renaudación.

La paranoia se cebó en Jonás. ¿Cómo era posible controlar el azar, lo imprevisible, de aquel modo? ¿Cuántos compañeros estaban implicados? ¿O acaso solo él? Tras la ansiedad inicial consiguió serenarse unos minutos, hasta que comprendió que, en cualquier caso, esa gente era muchísimo más poderosa de lo que imaginaba.

—A mediados de la segunda parte, no serás capaz de evitar su primer gol. No nos importa cómo te lo montes, pero debe resultar creíble.

Sus rivales apenas habían pasado del mediocampo durante el primer tiempo. Paradójicamente, le tranquilizó comprobar que habían iniciado la segunda mitad trenzando más jugadas, tocando un poco más y ganando, progresivamente, presencia en el ataque. En el minuto 55, un remate muy lejano le llegó fácilmente a las manos. Jonás lo blocó sin problemas, por instinto, aunque nada más sacar se cuestionó si había obrado bien. «Era demasiado pronto —se dijo—, todavía no estamos a mitad de la segunda parte. Pero… ¿y si no vuelven a tirarme?».

«Tiene que ser verosímil —se repitió de nuevo, cada vez más intranquilo conforme pasaban los minutos y el partido se diluía en un mediocampismo ineficaz—. ¿Cómo lo va a ser si no chutan a puerta?».

En el minuto 70, un error del lateral derecho provocó el primer córner en contra. El interior izquierda rival templó el balón al punto de penalti, donde apareció el crack visitante para rematarlo de cabeza en un escorzo y enviarlo al fondo de las mallas por la escuadra. Jonás se estiró un poquito menos de lo exigido, aunque el remate resultó imparable.

Todo había acontecido como el guión marcaba. Se sintió menos agobiado tras el gol, considerando cómo se había producido. «¡No hubiera llegado nunca!» —pensó para animarse.

El resto del partido transcurrió con más intensidad que acierto, hasta que finalizó con ese cero a uno inesperado, gracias al cual aquella mafia rusa obtuvo sus ganancias millonarias a través de las apuestas.

Un testaferro recibió días después la mordida destinada a Jonás. Sorprendentemente, de manera insospechada, el guardameta anunció su retirada del fútbol profesional al concluir la temporada.

Él se sabía un corrupto. Pero no podía soportar preguntarse, cada día, cuántos de sus compañeros también lo habían sido.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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