Otra historia humana

Abrapalabra Montoro

Ella era urbana, siempre lo había sido. Sus padres son urbanos, así como sus amigos, sus parientes o sus exprofesores. A los diez meses de su nacimiento visitó por vez primera el lugar que cambiaría su vida: un pueblecito turolense con menos de veinte habitantes y una media de edad cercana a los cien años.

Se enamoró de él y rompió con todo: no estaba ida, ni imbécil, ni borracha, como sus cercanos creyeron. Era infeliz viviendo en medio de montañas de hormigón y praderas de asfalto, entre vientos de contaminación y trinos de bocinas, saturada de perritas pequinesas de pipí en el parque y lazo rojo en la cabeza, de luces de neón intermitentes, de alimentos precocinados con códigos de barra…Durante su infancia había alimentado un sueño: vivir en Montoro, su pueblecito amado, rodeada de sus casitas rústicas, coquetas, sin agua ni electricidad; de su noche estrellada, del aroma a monte, del frío natural, de los animales de granja… Y, sobre todo, acompañada de sus trece habitantes (ahora son quince): sus ancianitos sabios y bondadosos de risa franca y rostro labrado por la vida, de ojos astutos y extremidades cansadas, de biografías erosionadas por el paso del tiempo, la soledad y el abandono de los más cercanos, de cultura sencilla pero profunda exprimida con tesón por la granjera experiencia.

Estaba enamorada de aquel modus vivendi que todos denostaban. Y tenía personalidad y coherencia suficientes para emprender el difícil trayecto que podía conducirla a su felicidad. Abandonó Zaragoza, dejó atrás la incomprensión y el estupor de los urbanos, y con apenas veinte años se instaló en aquella casa semiabandonada que, con ilimitadas dosis de cariño y limitados recursos materiales, convirtió en su hogar. Se ganó la vida recogiendo trufas por el monte, recorriendo la tierra que amaba; y con laboriosidad, empeño, ilusión y el apoyo y agradecimiento de aquellos ancianitos edificó su porvenir. Primero compró un perro, más tarde gallinas, después una cabra… y así hasta Senda, su última adquisición, un caballo que hace el número ciento cincuenta entre los animales de su granja. Una mañana tras otra, sin prisas, los llama por su nombre mientras sirve sus comidas, y sonríe como cuando era niña y correteaba por el campo impulsada por el viento. Por la mañana trabaja duro en su granja; y día tras día defiende los derechos de Montoro y de sus quince habitantes, y se lanza a menudo contra molinos de viento administrativos para mejorar la calidad de vida de los suyos. A veces lo consigue, otras veces no.

A las cinco de la tarde, cuando la oscuridad acuna su granja, se sienta ante la estufa de leña y sirve una receta casera en cuya elaboración ha invertido todo su cariño, y acaricia a su gato mientras pronuncia su nombre (ciento cincuenta distintos: jamás olvida ninguno), y reconsidera su conversación más reciente con Alejandro, su abuelo adoptivo favorito, y se encuentra a sí misma feliz y satisfecha, en el lugar exacto en donde siempre quiso estar. Teme a la fugacidad del tiempo, y a veces vierte alguna lágrima rebelde cuando se plantea qué será de Montoro sin sus ancianitos. Con la punta de su delantal seca sus ojos al tiempo que reafirma su objetivo: no arrojar la toalla pase lo que pase. Ama esa tierra, se entregará a ella en cuerpo y alma, por eso tiene ya un nuevo proyecto: construir una vivienda rural junto a su casa, atraer turistas hacia el pueblecito olvidado con el que está en deuda desde que le mostró el sentido de su vida.

Hace pocos años protagonizó la primera boda del pueblo en 52 años. Se casó con un guarda forestal: un buitre herido ejerció de insospechada celestina entre los dos. Ella llevó al buitre a su hogar y curó sus heridas, él fue a recogerlo… y encontraron el amor.

Me contó su historia junto a una estufa de leña, y recordé al escucharla que los urbanos, a veces, olvidamos que la esencia de la vida reside en las pequeñas cosas, y nos obcecamos en desenfrenadas persecuciones de bienes, lujos y comodidades que en verdad no llevan a ninguna parte.

No es necesario llamarse R. J. Cole, por ejemplo, y ser protagonista de novelas para vivir historias tan humanas, intensas y gratificantes como la narrada. Para vivir de acuerdo con nuestra identidad es suficiente con desearlo intensamente y obrar en consecuencia.

Si al intentarlo descubrimos que nos sentimos incapaces, démonos tiempo. Es probable que una estancia en Montoro nos ayude a conseguirlo.

*   *   *

Texto escrito y publicado en el diario Noticias Jóvenes en diciembre de 1997.  La historia es real, los hechos me los contó su protagonista en un curso en Teruel. Quizá me plantee escribir una segunda parte algún día…

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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