El gran teatro del mundo

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Qué poco sinceros somos. Nos relacionamos con nuestros semejantes y nos llamamos colegas, camaradas y hasta amigos, pero casi todo es pura farsa, convencionalismos, fingimiento y estudiada hipocresía en pro de ciertos objetivos personales, familiares o profesionales. Ya no quedan auténticos amigos: personas que te quieren por ser tú, no por tu aureola. El bravucón abusa del prudente, el imitador del genuino, el charlatán del que escucha, el interesado del generoso y el soberbio de todo tipo de altruismo.En nuestro país ya no se salva nadie. Políticos, artistas, culturetas, pensadores, tipos de la calle y toda clase de individuos hemos asumido que la interrelación es un teatro en el que el personaje  —con frecuencia, el personajillo— se antepone a la persona; cada papel tiene un porqué y un objetivo, cada comentario una intención, cada respuesta un contrabriefing. Quizá sea que no nos queda tiempo. Que estamos tan achuchados por las hipotecas, las ostentaciones y las estupideces mundanas que ni siquiera conversar con alguien conocido puede escapar del contexto de la competitividad y la comparación humanas. Así, somos cada vez menos generosos, naturales, transparentes y sinceros. Como ese genial personaje del actor —este sí, de profesión— José Mota, El Cansino Histórico, que se acerca hasta su ilustre víctima de turno por medio del halago, la sonrisa y la amabilidad con afán de ‘arrejuntarse’ a su figura, y acaba echándola a exabruptos y dislates en cuanto ve que no conseguirá lo que pretende.

Lo peor es que esa falsa amistad imperante, tan interesada, sibilina y socialmente aceptada, está haciendo desaparecer la verdadera. El género humano es, cada vez, menos fiable. Los auténticos amigos se cuentan ya, no con los dedos de una mano, sino con las falanges de un dedo. Y la sinceridad está tan devaluada que tiene más razón el que más habla.

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¡A usté a la mierda!, dan ganas de decirle a más de uno, que en su día se auto-etiquetó como ‘tu amigo’, cuando descubres sus tejemanejes. Pero claro, temiendo la reacción del entorno terminas por callarte y mantener el tipo, interpretando también un papel que no te corresponde. Es el teatro social que nos domina. Quien no cumple su rol es expulsado, y tampoco nos parece plan quedarnos tan aislados. Aunque con frecuencia, viendo semejante panorama, envidias al anacoreta y te gustaría estar, como él, a salvo de mugrosos, cierrabares y abrazacarteras.

*   *   *

Artículo de opinión publicado en Las Crónicas, de El Periódico de Aragón, en abril de 2010. Afortunadamente, los verdaderos amigos, aunque sean pocos, siempre están ahí.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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