Cambio de año

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Hasta ese día, la Nochevieja en casa de los Valimaña siempre había sido una cita muy alegre. El 2015, sin embargo, se había cebado con ellos en la desgracia: extrañaban demasiado las ausencias como para celebrarla con normalidad. El abuelo Pablo había muerto atropellado, al filo de la jubilación, y pocos meses después su mujer había sufrido un ictus del que no logró sobrevivir. El delantero centro burgalés, Armando Valimaña, se sentía melancólico y frustrado, aunque se esforzaba por disimularlo delante de los niños, que saboreaban con inocencia los trozos de turrón y los bombones que su madre acababa de servirles. El programa de José Mota estaba a punto de empezar y, al menos, le liberaría de la obligación de buscar temas de conservación forzados para evitar ese silencio explícito e hiriente que lo deprimía aún más.

Había sido un mal año, también, en lo profesional. Su lesión puso el colofón a esa desastrosa sucesión de acontecimientos negativos que los últimos meses les habían deparado. Aunque no había comenzado la nueva temporada tan bien como esperaba, había conseguido cuatro goles en los nueve primeros partidos de liga, los tres últimos consecutivos. Por eso era optimista sobre su aclimatación y estaba empezando a ganarse el corazón y el apoyo de la grada zaragocista, cuando un demasiado expeditivo defensa central vitoriano se cruzó en su avance con los tacos altos, haciéndole caer antes de pisar el área y encogerse en un ovillo de dolor expansivo procedente del interior de su rodilla derecha. Se confirmaron los peores pronósticos: tras las exploraciones iniciales, la resonancia magnética evidenció la rotura completa de su ligamento cruzado anterior y, con ello, la necesidad de operarse y de afrontar un largo y doloroso proceso de rehabilitación que, con casi total seguridad, le impediría volver a jugar en toda la temporada. Como, además, la renovación de su contrato estaba vinculada a anotar veinte goles o jugar treinta partidos, su futuro profesional no resultaba halagüeño, por mucho que su representante le insistiera en olvidarse de ello y en centrarse, solamente, en su recuperación:

—Yo te encontraré el mejor destino —le repetía el comercial de futbolistas, conscientes ambos de que el fichaje de un nuevo killer tras su baja federativa le cerraba todavía más las puertas de la renovación en su actual equipo. Su sustituto había marcado ya diez goles y se estaba destapando como una auténtica revelación, un fenómeno al que todos adoraban.

Isi, su mujer, se había mostrado paciente y comprensiva hasta que el malhumor del ariete traspasó el umbral de lo aceptable y comenzó a manifestarse con insultos, desprecios y amenazas. Aunque ahora Valimaña se encontraba más equilibrado y había conseguido controlar esos arrebatos inaceptables de agresividad verbal hacia su esposa, aquella conducta había abierto entre ambos una brecha insalvable, por lo que la convivencia se había deteriorado hasta el punto de que solo sus dos hijos les permitían iniciar, y compartir, conversaciones.

El trajín de wasap y felicitaciones digitales no mejoró su desidia, aunque le animó a tomarse un par más de copas burbujeantes de cava que renovaron su espíritu y le aclararon la mente. Después de bromear con sus pequeños, de reírse a carcajadas con la parodia del debate a cuatro realizada por el humorista José Mota, se dejó llevar por un impulso positivo y buscó a su mujer en la cocina, a la que encontró colocando los últimos platos en el lavavajillas. Estaba muy guapa aquella noche: se había maquillado como la celebración lo había requerido hasta aquel día, si bien se apreciaban destellos de congoja, de desesperación incluso, en su bonita mirada.

Los platos con las uvas ya estaban preparados. Al advertir que solo había cuatro docenas, Armando volvió a extrañar a sus padres, en cuya casa siempre habían pasado el fin de año desde que se casaron.

—Perdóname, Isi, mi amor, te quiero mucho. Sé que te he hecho mucho daño, que me he comportado contigo de manera imperdonable, pero nunca he dejado de amarte. No puedo imaginar qué haría sin ti. El 2015 ha sido horrible, tú me has ayudado a seguir adelante, aunque hasta ahora no he sido capaz de agradecértelo.

Su mujer recibió con desgana su abrazo y los besos iniciales, pero algo renació de pronto en su interior cuando, inesperadamente, recuperó la cálida y reconfortante intensidad emocional de sus primeros encuentros. Se miraron. Profunda, hermosamente. Los ojos lacrimosos de ambos, y sus labios brillantes, resultaron suficientemente explícitos.

—Este nuevo año va a ser muy distinto. Si estamos juntos, todo nos va a ir bien. Te amo, preciosa —le dijo, conciliador, antes de sacar la bandeja de las uvas al salón y juguetear con sus hijos, entreteniendo la espera hasta las campanadas.

Sola de nuevo en la cocina, Isi sintió el nudo de una angustiosa incertidumbre envolverse en sus entrañas. Tenía decidido romper con su marido después de aquella noche, pero su actitud, sus besos efusivos, la habían confundido:

—Nos merecemos una oportunidad. Lo ha pasado muy mal, puedo esperar unas semanas a ver cómo empieza el nuevo año. Yo todavía lo quiero y, estoy segura, él a mí también…

—¡¡¡Mamá, las campanadas!!! —gritó el mayor de sus hijos.

Y ella corrió hasta el salón, se sentó con su familia y, mientras se comía las uvas, visualizó un año feliz, muy diferente, para cada uno de ellos.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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