La mujer del ariete

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GABRIELLA Sorín nunca imaginó que su matrimonio acabaría de aquel modo. Cuando conoció a Carlos Fernando Mendoza, al que apodaban ‘Lobo’ por su agresividad en el área, ya era un futbolista profesional de 19 años que se había consagrado en la primera división argentina con el Club Atlético Lanús. Su fichaje por el River Plate le abrió las puertas a la selección, y al prometedor delantero se le empezó a dibujar un cercano porvenir en alguna de las ligas europeas, quién sabe incluso si la española o la inglesa. Gabriella lo conoció precisamente en los aledaños de El Monumental, el impresionante estadio del equipo franjirrojo. Ella era una mujer hermosa, segura de sí misma y una década mayor que él, un pipiolo todavía que cayó seducido por el magnetismo, la efusividad y la desenvoltura de esta vocacional cazatalentos. Periodista popular en una televisión regional, seguidora visceral de River y con un acentuado espíritu de barra brava, compaginó su profesión con el cuidado de su esposo, a quien seguía con frecuencia desde el palco, sin renunciar a los aspavientos y las celebraciones nada diplomáticas después de cada gol, ni a las declaraciones grandilocuentes y optimistas al terminar los partidos.

‘Lobo’ Mendoza, por su parte, era un chaval apocado, frágil de carácter y con poca formación, a quien la fama y la presión le llegaron demasiado pronto. Los goles son cuestión de rachas, pero la sequía le duró toda la temporada, lo que se unió a los desastrosos resultados que llevaron al River a segunda división por vez primera en su historia. Desde el undécimo partido, en el que falló dos penaltis, dejó de ser un lobo y se convirtió en corderillo. Progresivamente los más radicales de la grada se cebaron con él y fue criticado, amenazado e insultado antes y después de consumarse el descenso.

Gabriella, hasta entonces, había sido una mujer enamorada. Pero cuando la depresión de Mendoza derivó en tan histórico fracaso, en tanta crispación social dirigida a su familia, la mujer no solo vio frustradas sus expectativas sino que también se sintió altamente amenazada e impelida a actuar en consecuencia. La decisión le rompió el alma. A su modo, quería todavía a aquel muchacho. Pero ya no estaba enamorada. La pasión se había diluido junto al llanto el día de la derrota ante Belgrano, del fatídico descenso, y los días sucesivos acrecentaron su desinterés conforme los representantes del ariete eran incapaces de concretarle el anhelado destino europeo, ni siquiera en Grecia o en Turquía.

Se separaron antes de la pretemporada. Dicen las lenguas afiladas que, lejos de Gabriella, el ‘Lobo’ recuperó su olfato realizador y rindió mejor, de hecho fue clave en el retorno a primera división del River. A la larga, ella cambió de país: se juntó con un productor de rock e hizo las Américas como tertuliana en las televisiones. Sin duda, siempre fue una Loba.

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Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Julio 2011

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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