El ídolo torcido

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Un ídolo de masas. Cristóbal Reinaldo era un icono social, un ganador, un hombre admirado en medio mundo y el futbolista con más seguidores en Facebook de la historia. Tenía mucho que ver en ello los balones de oro que no cesaba de ganar, los títulos, los récords, los golazos, la potencia incomparable de su carrera y su pertenencia a uno de los equipos más importantes del mundo. Incluso las hinchadas rivales se veían obligadas a aplaudirle, o al menos a envidiarle, cuando anotaba de chilena por la escuadra, se zafaba de un defensor con una doble bicicleta ejecutada a una velocidad de vértigo o se inventaba un control orientado de espuela justo antes de pisar el área.

Tenía un carácter vencedor, implacable, sintetizado en una sonrisa seductora, blanca como la de un cartel publicitario de odontología, que precedía a esa chulería innata que le acompañaba a todas partes. Su cuerpo era apolíneo, hercúleo, musculado como el de un apolo de carne y hueso, un auténtico héroe del siglo XXI. Sus anuncios en culotte habían sido míticos, el making off de su último rodaje de lencería masculina batía récords de visualizaciones entre los youtubers. Su rostro, por otra parte, parecía diseñado por ordenador: los ojos grandes, tan misteriosos como verdes; los labios carnosos, la mandíbula cuadrada y ese hoyuelo sobre la barbilla, a modo de una firma o un sello de calidad del dios omnipotente que se había gustado y recreado al darle vida.

Cuando el autobús de su equipo aparcaba en las proximidades del estadio visitado, las adolescentes lloraban a su paso o chillaban presas de la histeria, de la excitación o del éxtasis mientras se desplomaban al verlo tan de cerca con su metro ochenta y tres centímetros de alta seducción. En ocasiones se detenía junto a alguna afortunada y le regalaba un selfie del que ella presumiría el resto de su vida. Menos gracia le hacían los excesos efusivos: regateaba los besos, los abrazos y los palmoteos en la espalda con agilidad de extremo. Y cuando su malhumor le pedía pasar desapercibido se refugiaba en sus auriculares, se encasquetaba el gorro casi hasta las cejas y bajaba la mirada como si estuviera avergonzado. Los hombres, que admiraban su talento y envidiaban su existencia, también trataban de robarle fotos, autógrafos, palabras… aunque no se mostraba tan solícito con ellos como con las damas.

Era insultantemente rico. La verdad es que no le había resultado complicado acostumbrarse a los excesos, rodearse de caprichos y subvencionar los dispendios de sus familiares, amigos y representantes. Criado en un barrio suburbial desprotegido, pobre de recursos y falto de cariño, peródicamente pedía a sus asesores que cedieran un pequeño porcentaje de sus ingresos anuales a alguna ONG, aunque nunca acababa de saber a cuál, él no se metía en los negocios, lo suyo era driblar defensas, golear, levantar trofeos y posar en los anuncios.

Muchas hembras de bandera se desvivían por él. Una de las actrices más voluptuosas del momento se convirtió en su novia, y juntos se volvieron la pareja mediática más rentable y hermosa ante las cámaras. Al cabo de año y medio de noviazgo se les rompió el amor. Nunca trascendió por qué, lo cierto es que sus respectivos asistentes siempre tuvieron problemas para concertarles citas juntos. Acabaron viéndose, tan solo, los días de rodaje de los spots compartidos. Y, cansados como terminaban las sesiones, ni siquiera se encamaban por la noche.

Tras la ruptura pública, Cristóbal Reinaldo sufrió un bajón muy evidente en su juego. No estaba en su mejor momento, aunque mantuvo la apariencia ganadora y sus desafiantes sonrisas.

Sus compañeros de equipo —ni siquiera sus mejores amigos dentro del vestuario— nunca han llegado a intuir el drama que padece. Todos desearían ser como él, jugar como él, cobrar como él. Pero cada mañana, al levantarse de la cama y mirarse en el espejo, despeinado y perturbado, Cristóbal solo ve en aquel reflejo a un tío que sufre. Un estafador. Un insincero. Un producto de mercado que ha conquistado la cima renunciando a ser auténtico, escondiendo cómo es y lo que quiere. Por mucho que lo intenta, jamás consigue ignorar del todo esa sensación de autotraición que lo atenaza. Ha renunciado al amor, se ha traicionado a sí mismo.

Reinaldo sabe que hace tiempo dejó de ser un hombre para convertirse en una marca. Y tiene muy presente que en el fútbol de hoy en día, la homosexualidad no tiene hueco. Por eso calla, otorga y se muerde las entrañas mientras se deja fotografiar con la belleza de turno, desesperado aunque impertérrito, descontando los minutos que le quedan para poder marcharse en su avión privado a Marrakech, donde le espera el hombre a quien él ama… en cuanto abandona el mito.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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