Feliz pareja

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Eran tan dichosos que no se soportaban. Él era tequila ardiendo, ella baileys frío. Llevaban doce años casados y compartían dos hijos, una hipoteca, cama doble y algunos desayunos. Se reían mucho y lo pasaban bien, aunque por desgracia jamás juntos. Ambos estaban, todavía, de buen ver. Ella era una morena que había entrado en esos años bien llevados en que el atractivo se mezcla con lo prohibido y el otoño embellece el paisaje, aún primaveral, sin llegar a estropearlo. Se conservaba mejor que su marido, carne tripuda de resaca, aunque este era saleroso, descarado y chispeante con el prójimo, motivo por el cual se hacía apetecible.

Refugiaban su vacío en una rutina de distancias cortas, bisílabos, chistes fáciles y asentimientos desidiosos. Solo las discusiones domésticas, cada vez menos frecuentes por puro agotamiento, los sacaban del abatimiento y espoleaban, muy de vez en cuando, la llama del amor que compartieron. Estuvieron tan enamorados que todo resultaba aún más doloroso. Por eso perseguían siempre el acompañamiento de otros matrimonios, a los que organizaban cenas pantagruélicas, regadas de licores y chupitos, en las que intercambiaban oquedades y se sentaban siempre, tan distantes, uno a cada lado de sus invitados o anfitriones.

Un día a la semana se escapaban. Ella huía en jueves, él todos los viernes. Paseaban sus casi cuarenta años como antaño, encuadrillados con su panda de amigastros para emborracharse, flirtear y echarse risas, y volvían haciendo eses, malolientes y ensuciados, cuando los garitos daban paso al alter-hours y su cefalea empezaba a disfrazarse de jaqueca. Él siempre encontraba con quien ir: inventaba excusas, reuniones, reencuentros, también los impulsaba, con tal de no quedarse en casa ningún viernes. Ella lo tenía más difícil, no siempre sus amigas estaban tan lanzadas y nunca se atrevía a salir sola, en eso era sexista.

Esas noches, los niños se tumbaban a sus lados de la cama, llenando los noctívagos vacíos con sus cuerpecitos tiernos, carantoñas y arrumacos. ¿Dónde está mamá?, cuchicheaban. O ¿Cuándo viene papi? Mientras, el demandado, respaldaba la coartada que siempre parecía incontestable.

Crecieron esos niños. Poblaron los garitos igual que sus dos padres.

Y los progenitores se quedaron solos, con un hueco permanente en el costado.

Dejaron de salir los jueves y los viernes. Pero ese espacio yermo, fruto de la ausencia enraizada, no se llenó nunca.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Enero 2010]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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