Fuera de juego

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Se despertó malhumorado y cansado. Escuchó las voces de los niños trasteando por la casa mientras su mujer, nerviosa, intentaba poner orden chillando como de costumbre. El tipo se enroscó bajo la colcha antes de girar sobre sí mismo para aislarse de los sonidos mañaneros. La escena no era tan distinta a la de cada día: Romeo, el mayor, haciéndose el remolón en su cuarto, metido dentro de la cama hasta que su madre le gritaba el último y definitivo aviso. La mediana, Judith, discutiendo con la chiquitina por el reparto de galletas y, esta última, tan pronto riéndose a carcajadas como llorando sin consuelo ni motivo aparente.Su mujer era un encanto: preciosa y comprensiva. Pero cuando las obligaciones se le acumulaban solía trafulcarse y se le disparaba el mal genio indiscriminadamente, como un fusil automático en manos de un pirata somalí. Cuando constató en el reloj del comedor que otra vez iban a llegar tarde al colegio, entró despotricando en el dormitorio conyugal y lanzó sus inyectivas contra su marido, que se hacía el dormido pese a que los dos sabían la verdad.

—Podrías ayudarnos, Leo. ¿Te vas a pasar, otra vez, toda la mañana ahí metido? Ya te vale, tío. ¡Reacciona de una vez!

El hombre improvisó un balbuceo ininteligible y siguió allí, escondido entre las sábanas, aletargado y vacío. Intentó encontrar un estímulo para levantarse, una razón par adelantar su amanecer, pero no fue capaz. Cuando Minerva, su hija de tres años, entró en la habitación con su uniforme escolar y le dio un par de dulces besos de despedida, supo que ya lo tenía todo hecho esa mañana. Sus dos hijos mayores también se despidieron, el primogénito desde la puerta con su voz grave y distante. Él aprovechó el silencio posterior a su salida para sumirse en un sueño tranquilo, relajante e intimista.

Se despertó al cabo de dos horas, a eso de las diez, con los ojos hinchados y el cuerpo entumecido por la sobreexposición horizontal. Aparcó la idea de darse una ducha, la casa estaba demasiado fría y su ánimo apagado y, por descarte, decidió ir a la cocina y prepararse un desayuno improvisado, a base de las galletas rellenas y los cruasanes con chocolate que les habían sobrado a sus hijos. Puso en la televisión el programa de Ana Rosa, se aburrió cuando empezaron a hablar del corazón y, todavía en pijama, entró en su cuenta de Twitter y comprobó con desencanto que el número de sus seguidores continuaba estancado. No se le ocurrió nada brillante que escribir, así que optó por compartir, de nuevo, el resumen de su último partido de Liga en el que le ganaron a Osasuna, con gol suyo en el descuento, y lograron el ascenso. Poco podía imaginar entonces —cuando esprintaba hacia el córner con los brazos extendidos para abrazar la gloria, mostrando una sonrisa enorme y con sus compañeros, tan exultantes como la afición, tratando de alcanzarlo— que nunca más iba a volver a experimentar aquellas emociones.

Después de aquel partido disfrutó de unas estupendas vacaciones familiares en la playa, se mantuvo en forma cumpliendo con el planning de entrenamiento personalizado que le entregaron los técnicos y acudió el primer día de la pretemporada con la ilusión de debutar, por fin, en la Liga de las Estrellas.

Cuando se encendieron las alarmas, nadie supo darle una explicación satisfactoria. Pero el cardiólogo ratificó el diagnóstico inicial: la cardiopatía congénita que se le había detectado no era compatible con la práctica profesional del fútbol. En apenas una semana, pasó de la posibilidad a la constatación. Dejó de ser un futbolista profesional y se convirtió en un enfermo de treinta años, incapacitado para trabajar e incapaz de decidir qué hacer con su vida desde entonces.

Tras la explosión mediática inicial, en la que acaparó entrevistas, titulares, mensajes de apoyo y algún que otro reportaje en la televisión nacional, la realidad se le presentó disfrazada de vacío. Comenzó a sentirse inútil, frustrado, absolutamente apático. Ni siquiera las colaboraciones esporádicas en los medios de comunicación locales, comentando los partidos de su antiguo equipo, le arrancaban de la mediocridad. Tras seis meses y medio de rutinas renovadas, acompañar a su mujer en los quehaceres diarios dejó de satisfacerle. Y el periodo de reflexión para enfocar su vida se había convertido en una etapa hueca, tediosa, completamente improductiva.

Solo en casa, viendo una y otra vez aquel último gol en la élite, Leo Lucientes rompió al fin a llorar y sollozó con los ojos enrojecidos por la incomprensión, la furia y el vacío. Se levantó, miró su imagen descuidada en el espejo del amplio vestidor, constató que aquel reflejo con diez kilos de más no se correspondía, realmente, con quien era y rebuscó en el cajón de la mesilla la tarjeta que el presidente de la asociación de veteranos del Real Zaragoza le había entregado en aquel homenaje peñista en el que los presentaron.

Jamás imaginó que la necesitaría. Pero, por otra parte, nunca se deshizo de ella:

—Armando Bécquer, psicólogo —volvió a leerla antes de llamar—. Motivación y terapia para exfutbolistas.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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