Noche desnuda

statue-748387_1280

Siempre dormía desnudo, a pesar de que su esposa le advertía del riesgo de catarro y la indecencia que ese hábito implicaba:

—Un día te vas a arrepentir —apostillaba cada noche mientras se arrebujaba con el pijama grueso poco femenino, justo antes de apoyar sus pies helados, desagradables, encima de los suyos.

Aquella noche Remigio Cardemil estaba inquieto, como si un presagio horrible tratara de advertirle de algo y no lo consiguiera. Tomó su medicación de cada noche (media pastillita para la tensión), se asomó al cuarto de las niñas (Paula, de seis años, y Adelina, de tres), comprobó que dormían plácidamente en sus camas y sintió la máxima satisfacción de los papás: verlas descansar tras haber cuidado de ellas otro día. Arropó a la chiquitina porque refrescaba, y se fue a su habitación arrastrando las pantuflas por cansancio.

No concilió el sueño. Su mujer, que trasnochaba ante el televisor enganchada a las tertulias rosas, no lo despertó esta vez con su matraca («Un día te vas a arrepentir»), porque ya estaba despierto. El sueño le venció, por fin, sobre la una. La noche se encogió traidora, con un silencio denso, premonitorio e inquietante. Sobre las tres de la madrugada, Remigio despertó sobresaltado. Había oído un ruido fuera. Se tranquilizó al pensar que una de las niñas se había levantado:

—No tardará en llegar —se relajó. Pero los metálicos sonidos continuaron y su hija no acudió. Estaba seguro: el ruido procedía de la entrada. Vivían en un buen piso de un barrio aún deshabitado. Habían sido pioneros en poblar el edificio, por lo que la situación resultaba todavía más extraña. Preocupado, se incorporó pensando que Paula, adormilada, se había desorientado e intentaba abrir la puerta. Salió al pasillo donde convergían todas las habitaciones y encendió la luz, justo en el instante en que la puerta de la entrada, recién descerrajada, abría paso a dos atracadores que, asustados por la inesperada aparición de aquel hombre desnudo, reaccionaron apuntándole con el cañón de una pistola.

No pudo pensar en nada más: sintió la explosión atronadora y se desplomó sobre el parqué en un charco de sangre, antes de que los asesinos abandonaran su objetivo para ponerse a salvo.

Su mujer y sus hijas lo lloraron largamente.

La primera entregó su mejor traje para que lo vistieran tras la autopsia.

_____________________________

[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Diciembre 2009]

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Otros relatos y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s