La vida sin abaya

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WAJEHA, pese a todo, se considera una chica afortunada. En Arabia Saudí las mujeres están obligadas por la ley a tener un mahram, un tutor varón que les otorgue su permiso para realizar cualquier actividad. Salman, su progenitor, es un hombre bueno, justo e instruido que cree en la igualdad aunque no lo dice por miedo a las sanciones del control social; y le permite pequeñas libertades que les están vedadas a la mayoría de sus semejantes. Se presta a acompañarla en sus salidas cuando se lo pide, y no solo firmó la solicitud sino que fue él quien la animó a realizar una carrera. Así, Wajeha acude a clase cada día con su larga túnica negra que la cubre de la cabeza a los pies. Se llama abaya, y la homogeneiza con las otras árabes, precisamente a ella, cuya belleza la individualizaría de tal forma en cualquier otro país que arrancaría anhelos, corazones y maridos con cada parpadeo.

—Mejor así, javivi, te centrarás mucho más en tus estudios —le dice Salman con su voz templada y un tanto contrita, mintiendo en la segunda parte de la afirmación, no en la primera, pues tantas restricciones y privaciones han hecho de la saudí una sociedad sexualmente agresiva, con proliferación de violaciones de hombres y mujeres cuyas víctimas son, después, criminalizadas. Sabe que la belleza de su hija sería un incentivo demasiado poderoso para esas malas bestias. Desea protegerla, por eso ahorra con afán para ofrecerle un porvenir bien diferente—. Un día, viajarás conmigo a Europa, posiblemente a España —le cuenta mientras calla la esperanza de que una vez allí, su hija, ya no quiera regresar. Sabe que las ansias de justicia de Wajeha le exigen liberarse, romper amarras, agitar conciencias… y teme por su vida si asume, como le pide el carácter, el protagonismo de esa revolución. Porque su pequeña se muestra partidaria del divorcio, de los anticonceptivos, de la libertad en el vestir y en el obrar de las mujeres. Y porque a menudo, en los centros comerciales, dirige una mirada apasionada a algún muchacho, esquivando la vigilancia represora de la policía religiosa.

Salman sabe que su hija corre peligro en Arabia. Por eso anhela, con dolor de corazón, su exilio, su marcha a Occidente; allí podrá encontrar un hombre sabio que la ame y la proteja cuando él se vaya, que la valore y respete. Su pequeña. Lo único que le dejó su madre ya difunta. Su tesoro.

Por eso, y porque Wajeha lo precisa, le permite llevar ropa occidental en casa cuando no hay visitas; comprar perfumes, navegar por Internet y aumentar su formación día tras día. Si para ello ha de asistir vestida de fantasma a la universidad, ser segregada por su sexo y ver a los profesores hombres solo por televisión, ya vendrán tiempos mejores.

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Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Abril 2011

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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