El mirón

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Los mosquitos lo estaban devorando vivo, pero el tipo continuó agazapado entre los setos, rasgándose la piel con las ramitas díscolas y alzando la mirada por encima de la vegetación de modo ocasional, tal que un periscopio, con menos frecuencia y más pudor de lo que la ansiedad le reclamaba. La pareja se besaba encarnizadamente, con esa desvergüenza mundanal que caracteriza a los amantes en sus primeros encuentros. El tacto masculino sujetaba con fruición el cuello femenino, voluptuoso y enérgico como jamás lo había sido el de su esposa, esa que lo esperaba cada noche con gesto serio y expresión cansada en el hogar compartido. La otra, apretada contra el muro y contra la virilidad con idéntica intensidad, se dejaba hacer con laxitud provocadora, retirándose lo justo para alentar la excitación de un nuevo envite antes de entregarse a él abiertamente, sintiendo los brazos del hombre convertidos en tentáculos que le asían las nalgas, los pechos y su sexo en una sucesión inconfensable de caricias.

El observador, nervioso y alarmado, aplastó por instinto el cuerpo viscoso de un tábano encima de su nuca. Veía la escena con sonrojo mientras la ira crecía en su interior como una bestia, sin freno, arrebolada por la tempestad emocional que lo agitaba. En un arranque de valor, trató de mejorar la perspectiva: varió la posición, moviéndose despacio entre los setos hasta situarse en un lugar más próximo desde el que, sin embargo, tampoco logró verla: la penumbra y el cuerpo del maromo lo impedían. La duda acrecentó la virulencia de su furia. Acuclillado sobre la naturaleza, apoyada su mano diestra en el frío suelo, palpó por casualidad una piedra dura, de aristas afiladas, a la que se aferró con desesperación mientras consideraba las opciones de partirle el cráneo al miserable antes de salir huyendo.

De pronto, aunque no podía oírla, supo que la hembra jadeaba como nunca, y la frustración inmovilizó su voluntad dejándolo pasmado, absorto, derrotado, aguardando el descenso tortuoso de una lágrima, devastadoramente amarga, sobre su rostro curtido.

Después los vio partir, saciados. Y allí se quedó él, desprotegido, mezquino, insignificante; sin ser capaz de descubrir, ni tan siquiera, si la mujer que gozaba ante su ojos era la suya, como había creído en la distancia, o se trataba, simplemente, de un vulgar malentendido.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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