Corazonada

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Su chica era preciosa. Una de esas mujeres que quitan el aliento al verlas. A él mismo le ocurrió cuando la conoció, en una discoteca madrileña donde abundaban las grupis. Pero ella no era una chavala fácil, más bien al contrario. Cuando el delantero francés, primero, y el lateral brasileño, después, intentaron abrazarla, se escurrió entre sus tentáculos como el más ágil extremo ratonero. Su piel era morena, ibérica, y sus ojos, grandes y almendrados, de un imposible azul petróleo que irradiaba destellos violetas. Se llamaba Vero.Su cuerpo escultural, con voluminosos pechos quién sabe si operados e interminables piernas sobre los tacones, se ofrecía envuelto en prendas elegantes. En eso era distinta al resto de las chicas que frecuentaban el reservado de los futbolistas. Solía calzar peep toes caros de diseño, las uñas esmaltadas en un rojo sanguíneo, la falda ajustada negra y la camisa vaporosa, con caída, desabrochada estratégicamente hasta justo el arranque de su canalillo. No mostraba las curvas de sus senos, pero estos se silueteaban sutilmente bajo la seda blanca de su blusa.

Andoni se había formado en la cantera del Real Madrid, y aunque siempre tuvo claro que terminaría dando el salto a otro club en busca de oportunidades, en cuanto el azar —en forma de plaga de lesiones— aceleró su incorporación a la disciplina madridista del primer equipo, demostró un talento innato para despuntar en los saraos nocturnos que sus compañeros preparaban. Era un joven guapísimo, todo sea dicho. Con metro ochenta y tres de estatura y más tableta abdominal, incluso, que Cristiano, había heredado la robustez y el equilibrio facial de su padre donostiarra junto al exotismo exuberante de su mamá canaria. Era un tipo divertido, hablador, emocional, que conocía el efecto que causaba en las mujeres y siempre lo explotaba. Aunque sobre el césped destacaba en el centro de la defensa, donde se partía el alma para dejar la portería a cero, de marcha era un killer infalible.

—Si tú y yo tuviéramos un hijo, mejoraríamos la raza humana —se animó a decirle a Vero la noche del cumpleaños de Ramos, después de haber observado atentamente cómo se deshacía del acoso del insípido mediocentro alemán.

En el fragor de la noche, ella interpretó la frase como lo que pretendía ser: un cumplido divertido, sobre todo al admirar la intensidad del océano verde que incluía su mirada.

Sonrió, coqueta. Bebió dulcemente su gin tonic y trató de encontrar una respuesta ocurrente al asalto masculino.

—Guarda tu esperma en el congelador, de momento ser mamá no entra en mis planes.

Lo dejó plantado, sonriendo. La entrada de Ronaldo eclipsó al joven canterano, que continuó lanzándole miradas desafiantes entre el resto de mujeres con las que bromeaba.

Ambos sintieron la química en sus almas.

Al ver que se marchaba sola, muy al final de la noche, volvió a la carga:

—Si me das un pico te dedico un gol el sábado —le susurró exagerando su entonación canaria, tan sensual, delante de su oído.

—Eres central, no metes ni uno —replicó, riendo, ella.

La acompañó a casa conduciendo su deportivo nuevo, arriesgándose a perder unos cuantos puntos del carné y muchos más de su reputación en un posible control de alcoholemia. Estuvo hábil: le arrebató in extremis el beso demandado.

El sábado cumplió con su promesa: tras cabecear al fondo de las mallas un saque de esquina, corrió hacia la cámara de televisión más próxima y construyó un corazón con sus dedos índices y pulgares.

Tardó en volver a interesarla: aunque provocó encuentros fortuitos y rondó el entorno de su casa con frecuencia, nunca la encontró accesible. Tras mes y medio de perserveración por parte del defensa, ella le respondió a su enésimo wasap, el último de los muchos que le enviaba a diario.

—Gracias por el gol y la dedicatoria. Me gustaron tanto como el beso y tu insistencia.

Hablaron por teléfono. Vero, sincera, le expresó desconfianza:

—Los futbolistas sois todos iguales, solo buscais una cosa. Intenté pasar de ti: me gustas demasiado, no quiero sufrir. Pero has perseverado tanto… Hoy, cuando te he visto de nuevo frente a casa, he sentido una corazonada. Así que he decidido responder, por fin, a tus mensajes.

Se citaron. Se encontraron. Se ennoviaron.

Al cabo de unas plácidas e inolvidables semanas, tras la recuperación definitiva de los centrales titulares madridistas, los agentes del jugador le informaron del interés por su fichaje de varios equipos europeos importantes. Él estaba enamorado. Abandonaba el primero los entrenamientos para encontrarse con ella, la recogía en la universidad, la sorprendía con apariciones inesperadas y con detalles exquisitos que terminaron de ganar su corazón.

—¿Quieres casarte conmigo? —le preguntó demasiado pronto para que ella fuera capaz de asimilar cuánto lo amaba. Le pidió más tiempo, aunque esa noche compartieron la pasión de los mejores amantes.

Por la mañana hablaron de futuro. Sobre Europa, porvenir, formación y familia. Ella también lo quería.

El central renunció a un contrato mucho más suculento en Oporto, más prometedor en Turín, más atractivo en Southampton. Jugó en segunda división la temporada siguiente. Cedido en Zaragoza, donde Vero está terminando sus estudios.

Andoni está más centrado que nunca. Seguro del ascenso, es feliz con esa chica maravillosa de mirada hipnótica. Piensa que le queda tiempo suficiente para triunfar y hacerse millonario.

Ahora ha ganado su amor, se casarán en verano. Y eso, para él, es lo primero.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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