El agujero negro

Haití

LOS RUIDOS despiertan a mi hermano por las noches y le producen temor. Inmediatamente se mete en mi colchoneta y se abraza a mí como si yo pudiera protegerle del destino. Por un instante me hace sentir fuerte, pero enseguida me frustro: sé que las desgracias son inevitables. Que cuando se desata la furia de la Naturaleza nada puede hacerse, salvo aguardar el indulto y continuar viviendo. Yano Luis es muy pequeño para asimilarlo. Apenas se acuerda de papá, que se marchó a trabajar a Dominicana cuando tenía un año y ya no volvimos a saber de él, quizá porque una vida más cómoda y feliz le hizo olvidarse de nosotros o porque, como tantos ilegales, no llegó a alcanzar su sueño de instalarse.Ya no creo, como antes, que está ahorrando dinero para regresar a Puerto Príncipe a buscarnos. Dejé de creerlo cuando mi madre se atrevió a entrar en nuestra casa una última vez, para recoger los ahorros que abandonamos durante el terremoto, y nuestro hogar fue su sepultura. Y el de mi esperanza. Tras el cuarto huracán —al que llamaron Ike, como a un amigo mío del cual ya no sé nada—, mamá me había asegurado que lo peor había terminado, pero la tierra se resquebrajó de tal manera que engulló las casas, y mi barrio se convirtió en un cementerio de viviendas, cascotes, muertos vivientes y madres sepultadas.

Desde entonces mi hermano está siempre callado, melancólico; yo lo llevo a jugar a la explanada y le hablo de mamá y papá para que conserve su recuerdo. Nos aferramos a esa gente buena que nos da alimento, cobijo y medicinas en el puesto central del campamento. Dicen que el enemigo, ahora, puede ser el cólera. Yo no le hablo de él a mi hermanito; intento explicarle únicamente cosas buenas, a veces consigo que se ría como de pequeño, cuando mamá le acariciaba las plantas de los pies y él se carcajeaba feliz hasta perder el resuello. No me importa a qué tendremos que enfrentarnos. Cuidaré de Yano Luis a toda costa. Hay una pandilla de muchachos que salen del campamento por las noches y regresan con dinero y mercancías. La gente dice que son malos, que manejan armas, pero yo conozco a uno de ellos y es mi amigo. Me trata bien. A veces me ha dado algo de azúcar para Yano Luis. Me ha dicho que tal vez, de aquí a dos o tres años, me dejarán ir con ellos.

Entretanto, sobrevivimos gracias a los colaboradores internacionales. Los cubanos han montado una pequeña escuela donde nos enseñan cosas. Por fin sé escribir mi nombre: Alfredo José Quisstiye, y el de mi pobre país.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Marzo 2011

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Otros relatos y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s