Mi amigo el ultra

AD124p, portada

Yo tampoco supe nunca por qué se transformó. Es cierto que siempre le había gustado el fútbol, aunque jamás lo había practicado, y que seguía los resultados de nuestro Zaragoza en los diarios y las noticias deportivas. Es verdad que siempre se alegraba por sus triunfos, pero también que en su adolescencia prefería gastarse el dinero en litronas de cerveza y ropa mod, porque en aquel tiempo su vida eran las vespas, los trajes italianos, el jazz moderno y la movida británica.Solía hacer novillos en las clases; de hecho repitió tercero de BUP por pasotismo, ya que su cabeza era solvente y bien dotada, pero él pasaba más horas en el bar de enfrente que sus propietarios, jugando a las cartas o, simplemente, entreteniendo el tiempo en conversaciones prescindibles. Tenía un amigo inseparable, también mod, que lo acompañaba en estas lides. Y aunque no se le conocía novia formal, ocasionalmente se le veía darse el lote con alguna chica maja: el tío era atractivo, tenía carisma, resultaba ocurrente y divertido.

Después perdí su pista. Continué mis estudios mientras él permaneció en el instituto practicando el carpe diem en su versión menos productiva. Al cabo de un par de años volví a verlo: me lo encontré en La Romareda, en ese Gol de Pie de antaño, cuando los ligallos, las banderolas flexibles y la presión al rival se cocinaban en aquellos graderíos desgastados en los que los cánticos, las estampidas y las escaladas a las vallas metálicas nunca resultaban inocentes.

Él ya no era el mismo. Se había rapado la cabeza al cero y medio, calzaba botas con puntera reforzada, pantalones militares, camisetas con proclamas, dobles ochos y alguna que otra esvástica. Se había convertido en uno de los ultras más activos. En ocasiones me reconocía, se acercaba a mí, me saludaba sonriendo. Otras veces no: advertía su mirada alucinada, inquietante, la mandíbula apretada y temblorosa, su rictus agresivo, y entonces decidía mantenerme lejos de su alcance. «¡Soy descontrolado!», entonaba la canción antes de enzarzarse en provocaciones gratuitas, amenazas e incluso agresiones a los aficionados, de su mismo equipo, cuyo aspecto o actitud le desagradaban.

Era evidente que no se enteraba del partido. Las mejores jugadas eran para él los empujones, los cánticos ofensivos, los desfases. Celebraba los goles, como las algaradas, junto a sus camaradas: saltaba, reía y coceaba desbocado, excitado, mucho más pendiente de su alrededor que del terreno de juego. Comenzó a viajar siguiendo al Zaragoza, participó en peleas multitudinarias y se enfrentó a la policía una y otra vez, hasta ser considerado por las fuerzas del orden como uno de los sujetos más peligrosos del fenómeno ultra zaragocista. Aunque odiaba sobre todo a los indar gorri y a los deportivistas, siempre estaba preparado para responder con la máxima violencia a cualquier otro aficionado rival.

Yo, desde luego, no lo reconocía.

Pasó el tiempo y le perdí otra vez la pista: cuando acomodaron a los ligallos en el córner de tribuna, yo seguí en mi asiento tras la portería norte. No sé cuánto tiempo permaneció como ultra; es posible, incluso, que siga estando allí arriba, como un dios del pasado erigido en lo más alto, por encima de mi espalda. Hará ocho o nueve años, una mañana laborable, me lo encontré de frente por la calle Costa y nos paramos a hablar. Había mudado, otra vez, su aspecto: vestía trajeado, elegante, con corbata chic aparentemente cara e imagen de empresario o de jurista. Intercambiamos convencionalismos, frases hechas y guiños al pasado escolar que compartimos. Tenía pinta de padre de familia, excepto por esas inquietantes pupilas diltadas que le conferían un halo de exaltación contenida. No logré advertir si esa mirada reflejaba su arrepentimiento por tantos años de violencia injustificada y excesos excesivos o, por el contrario, tan solo evidenciaba las secuencias físicas y mentales ocasionadas por sus dependencias.

Él tuvo la suerte de vivir la época gloriosa de nuestro Zaragoza, la quinta de campeones, la Recopa, las multitudinarias concentraciones en la plaza del Pilar, el buen juego, los golazos, las victorias… Yo recuerdo ese periodo como una etapa dorada, satisfactoria, inolvidable, en la que apetecía ir al partido cada tarde, al que los zaragocistas llegábamos con la seguridad de disfrutar de una nueva tarde mágica de entrega, competitividad y balompié de ataque. Muy posiblemente, sus recuerdos serán menos gozosos. Por aquel entonces él no era un aficionado al fútbol, tan solo era un gamberro. Un vándalo. Un predelincuente —tal vez sin el pre— y un adicto. Erró el camino, todos tenemos derecho a equivocarnos.

Lo imagino ahora, ya más achacoso, acompañando a sus hijos al partido. Hijos adolescentes, como él lo fue en su día, con ganas de exprimir la vida, probar nuevas vivencias y defender sus creencias. Y me asusta imaginar que haya sido capaz de transmitirles ese odio, esa violencia, esa completa ausencia de empatía y raciocinio que él esgrimía en los estadios, los aledaños y los bares de ambiente futbolero. Desde luego, dudo mucho que haya podido describirles a los suyos, tirando de memoria, el juego de Nayim, de Gus Gus Gustavo, del capitán Aguado, de Esnaider y de todos los demás. Youtube le habrá ayudado a sustentar sus recuerdos. Es posible que aún conserve, en un arcón de su trastero, los símbolos y las banderas que un día enarboló; esos en los que nunca había creído hasta que se juntó con otros individuos más inhóspitos que él y decidió imitarlos.

Yo lo conocí siendo un gran tipo.

Prefiero seguir recordándolo de aquella forma.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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