La vejez de Hércules

GRECIA OKOKOK

PANAGIOTIS MIRKOLAKUS es un tipo equilibrado. Todo un clásico que viste con sombrero, traje, embetunados zapatos y corbata a juego con la profundidad de su mirada, de un inconfundible azul adriático delimitado por arrugas densas y vitales, merecidas, de esas que la experiencia entrega a las almas consecuentes. Es un hombre vanidoso; cuida su barba blanca con obsesión de galán, de hecho acude con frecuencia al baile y flirtea todavía con las damas, a la antigua, tratándolas de usted para halagarlas y practicando el sirtaki en cuanto tiene ocasión, con menos agilidad y más empaque del que jamás tuvo.

Su mujer lo dejó solo por imperativo vital. La enterraron en un remoto cementerio de una de esas islas mágicas helenas a las que no llegan los forasteros porque los touroperadores multinacionales todavía no las han incluido en sus catálogos. Acude a ver su sepultura de modo ocasional, cada vez está más viejo, pero cada noche se aferra a sus románticos recuerdos y le dirige frases bellas de nostalgia enamorada, como si estuviera oyéndolo en su lado de la cama. Se duerme siempre con un regusto doble, como a yogur griego, dulce y amargo al mismo tiempo, ambivalente entre su ausencia y la intensidad de cuanto compartieron.

Panagiotis tiene hijos, y nietos, que le hacen sentir bien durante sus visitas, pero a los cuales prefiere no incluir en sus rutinas. Antes muerto que poder ser una carga. Y aguanta firme como un busto esculpido, impasible ante las circunstancias, no siempre favorables, como un Hércules longevo antes de convertirse en mito.

Dicen que pasea a diario entre los pescadores y cuenta historias a los niños, trápalas a los paisanos e inofensivas picardías a las hembras. Sigue comiendo moussaka a dos carrillos y cerrando las celebraciones con buenos tragos de ouzo, cuyo sabor dulce y su olor a regaliz le siguen recordando aquella juventud bien invertida.

Entretanto, apura sereno las que sabe son las últimas caladas de su vida, hinchando los pulmones para disfrutarlas, consciente de que cada vez son menos y, por ello, decidido a no desperdiciarlas.

A menudo, por las noches, cuando dialoga imaginariamente con su esposa, le confiesa que ya está preparado para la despedida:

—Muy pronto iré contigo, amor —le dice con la misma paz con que se le declaró sesenta y cinco años atrás frente al Mediterráneo—. Y entonces, nada podrá separarnos.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Febrero 2011

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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