Admirado “number one”

mount-rushmore-902483_1280

Érase una vez un hombre adherido a un ego inmenso, tan grande que siempre llegaba antes que él a cualquier parte. Se consideraba el number one en todo, la excepción que daba ejemplo sin confirmar la regla, el más carismático, agradable, pudiente, encantador y sabio de los mortales. Veía la pajilla ajena pero no le molestaban las vigas en sus ojos. Se creía tan soberbio que consideraba su soberbia una virtud. Sacaba pecho siempre, a veces con razón y otras no tanto, y proyectaba un halo embriagador que iluminaba a cuantos lo rodeaban: su familia, sus socios, sus amigos eran los mejores… hasta que dejaban de serlo.

Su voz se había vuelto engolada y categórica, sus afirmaciones incuestionables y perennes. Tenía grande el corazón, pero le bombeaba más aceite bronceador que hemoglobina. La gente que no lo detestaba lo aceptaba como era, como un caso perdido; muchos lo detestaban también pese a aceptarlo. Los que convivían con él se burlaban a sus espaldas, le sacaban motes, lo imitaban y criticaban sus andanzas de Carlos Jesús (fiú, fiú, vendrán a la Tierra trece millones de naves procedentes de Raticulí) con los mismos colmillos afilados que escondían después, bajo pieles de corderos, si lo tenían delante. Cuando, alguna vez, cualquier leve mortal osaba cuestionar su realidad o sus criterios, lo descalificaba con rabia y achacaba el comentario a pura envidia, el mal del inferior, tan extendido en España y, por descontado, la cruz de los perfectos.

Siempre tenía razón. Si no era así, se la asignaba. Por su velado complejo de inferioridad, buscaba la compañía de otras divinidades terrenales y, a los que admiraba de verdad —aunque fuera por motivos ciertamente espurios—, los colmaba de presentes, los imitaba con avasallador desprendimiento y se jactaba de esa mutua amistad como si de un tratado de colaboración entre superpotencias se tratara. El caso es que el fulano, mejor dicho: Su Ilustrísimo Fulano, llegaba el primero a todos los eventos e intentaba codearse con los mayores jerifaltes a su alcance y, si no podía ser, ascendía a sus iguales a semejante condición.

Por algo era el number one.

Porque muy poquitos le decían a la cara lo que era en realidad. Y curiosamente, en su opinión, los que así lo hacían eran envidiosos, resentidos, ignorantes o insignificantes.

Por eso, pese a todo, era siempre el más feliz del mundo.

Y si no, daba lo mismo, porque se jactaba de ello de igual modo. Con dos pelotas más grandes que su ego.

_____________________________

[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Agosto 2009]

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Otros relatos y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s