Auxilio, amor

Portada 1 nov

El ariete nunca había salido de su pueblo hasta que un equipo de segunda división se interesó por su juego. Era un chaval sencillo, impresionable y lleno de esa energía emocional que destilan los veinteañeros triunfadores. Firmó el contrato sin negociar las cláusulas, encontró un pequeño piso en el que instalarse y se desplazó a aquella ciudad. El vestuario lo recibió con buen ánimo: las burlas sobre su acento tan cerrado no les impidieron integrarlo desde el primer día. Dejó atrás su entorno, su familia, sus amigos y a su novia, la más guapa de la pedanía, una chavala encantadora que estudiaba ciencias políticas a distancia y destacaba por su sentido común y su buen juicio. Era, además, una castaña muy guapa, con los ojos rasgados y una mirada, entre dulce y enigmática, que se volvía irresistible cuando sonreía.Salían juntos desde los quince años, cuando ella lo sedujo en el reservado de una peña para hacer realidad el sueño que perseguía desde la preadolescencia. Se querían. Se apoyaban. Habían hablado incluso de casarse y tener hijos cuando llegara el momento, y pensaron que podrían mantener su relación en la distancia. Tal era el amor y la confianza que se tenían, la seguridad en el otro, que no imaginaron lo que les aguardaba. Desde el principio, la nueva vida del delantero centro resultó muy plácida, aunque incompleta. Desayunaba, entrenaba, tomaba algo con sus compañeros, recorría la ciudad, comía en los restaurantes que le recomendaban, dormía siesta, telefoneaba a sus padres o a su novia, entrenaba por la tarde y mataba el tiempo libre vespertino saliendo a tomar algo con los otros futbolistas, por hacer algo hasta la hora de echarse.

Eran tíos jóvenes, desinhibidos y cachondos, sus compañeros.

Los éxitos deportivos de su nuevo club, junto a la buenísima relación que compartían los jugadores, les habían permitido formar piña y conquistar el corazón de toda la ciudad. Incluidas sus chavalas.

El delantero no era especialmente guapo, pero tenía encanto. Y, poco a poco, con sus goles, comenzó a hacerse conocido. Mientras el central izquierdo, casado y con tres hijos, se escapaba por la puerta de atrás con su conquista del día; el volante derecho se pedía otro cubata y el portero suplente arrimaba cebolleta mientras bailaba reggaeton, el chico se olvidaba de sus raíces y se dejaba seducir por el flirteo, las sonrisas y las insinuaciones de todas esas chicas.

Sus compañeros también le estimulaban: «Mira esa rubia tetuda, cómo te está mirando. Se te come con los ojos… yo le dejaría hacerlo con la boca». O bien: «Tómate otra copa, hombre, que mañana no entrenamos; y llévate a una piba a casa, tú que puedes, que para eso estás soltero».

La tentación era grande.

Y, los calentones, constantes.

No es incierto que alguna vez cayó, y muchas veces más casi lo hizo. Ni que volvió chispado a casa, en taxi, en numerosas salidas.

Como era joven y el desfase reciente, se recuperaba bien cada noche y por la mañana, pese a todo, entrenaba satisfactoriamente. Una mañana, sin embargo, vomitó después de una maratón de progresiones y el regusto amargo de la náusea le acompañó durante toda la sesión:

—Tengo las tripas revueltas —le comentó al entrenador, un tipo liberal acostumbrado a dejar hacer a sus pupilos siempre y cuando ofrecieran el máximo nivel en el trabajo.

—Fíjate en estos cabrones en lo bueno, no copies lo malo —le contestó crípticamente.

Todavía salió media docena de jueves más. Las admiradoras se agolpaban a su alrededor con la intención de cazarlo o, simplemente, de compartir algunas copas, risas… y humedades.

Cada vez llamaba a casa menos y, pese a que extrañaba a su novia más que nunca, le resultaba complicado verla: mientras ella preparaba sus exámenes, él se dejaba llevar por ese tren de vida que podía hacer descarrilar la suya.

La mañana en que no oyó el despertador y no acudió a entrenar, se incorporó con la cabeza a punto de estallar y un horroroso sabor a zapatilla acartonada. Al removerse en la cama, notó a su lado un cuerpo femenino, desconocido, desnudo.

—Hola, cariño —le dijo ella, masticando las palabras.

Él no la recordaba. Era una joven atractiva, pese a que la cosmética embadurnaba su rostro sin gracia ni criterio, algo entendible después de una presumible noche de excesos. Le resultó violento echarla de su casa, llamar al club para justificar su ausencia y tratar de recordar, sin éxito, qué había pasado.

Sus compañeros bromearon con él al día siguiente y, gracias a ellos, fue capaz de reconstruir los hechos con un margen de error más que aceptable.

Ese fin de semana no fue convocado.

Al jueves siguiente no salió de marcha. El viernes tomó una decisión inamovible. Telefoneó a su novia y le confesó que la quería:

—Te necesito a mi lado. Quiero estar conmigo, me hace falta tu equilibrio. No sé qué va a ser de mí si no empezamos a vivir juntos ya mismo.

Siempre lo había querido. Lo amaba. Detectó su desesperación y actuó en consecuencia: colocó sus cosas, sus apuntes, sus planes de futuro en un par de bolsas de viaje y se marchó a Zaragoza.

Allí estaba su hombre.

Su amor.

Su destino.

Ahora llevan dieciséis años casados, tienen dos hijos y el delantero está a punto de colgar las botas.

Son todo lo felices que la vida nos permite serlo.

Y el ariete sabe que, sin ella a su costado, todo habría sido muy distinto.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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