Nada

Canadá

ME LLAMO Ian Smith y soy un privilegiado. Mi entrenador, Bob Depardieu, asegura que soy un auténtico portento. Que estoy en condiciones de alcanzar metas históricas si sigo sus dictados. Duermo, como y nado, esa es mi vida. Descanso, entreno seis horas diarias y me atiborro a calorías en comidas pantagruélicas controladas por el equipo técnico. Por la mañana desayuno tres sándwiches de huevos fritos con guarnición de queso, lechuga, tomate, pepinillos y mayonesa, dos tazas de café, una tortilla de cinco huevos, un tazón de cereales, tres tostadas de dulce azucarado y tres trozos de bizcocho chocolateado. Mi almuerzo consiste en medio kilo de pasta, dos sándwiches de jamón y queso, rebanadas de pan con mayonesa e ingentes cantidades de bebidas energéticas. Por la noche, todavía debo ingerir medio kilo de pasta, una pizza y otra barbaridad similar de isotónicas. Las odio. Pero tengo la responsabilidad de ser un campeón, porque mi físico es de impacto, dicen los expertos: 1’96 m de altura, 89 kilos de peso, calzo un 47…
Con todo, hace que no estoy con una chica tres meses y medio. ¿Compensa tanto sacrificio? Comencé a nadar cuando tenía siete años, aunque fue a los doce, con la aparición de Depardieu, cuando cambió mi vida. Es un segundo padre para mí, tan estricto e implacable como un sargento norteamericano adiestrando a sus marines. Fabrica un campeón. Una máquina del agua capaz de establecer plusmarcas y amasar medallas de oro. Un prototipo único, una referencia para los niños y las niñas canadienses, un espejo limpio en el que reflejarse. El esfuerzo da sus frutos, la gloria está al alcance de los elegidos, y yo soy uno de ellos gracias al tesón, la constancia y el trabajo. Ese es mi mensaje. La imagen que proyecto. Soy ambicioso, quiero superarme; competir conmigo mismo y darlo todo una brazada tras otra.
Sin embargo, a menudo, cuando tengo el estómago completamente lleno y los músculos ya relajados después de tanto esfuerzo, se agita mi cabeza y empiezo a preguntarme si esto es, verdaderamente, lo que quiero. Canadá es precioso, moderno, divertido. Apenas lo disfruto. Duermo, como, nado. De vez en cuando compito. Esa es mi existencia.
Por eso me cuestiono en ocasiones si realmente quiero pasar mi juventud metido en la piscina. Flotando, hundiéndome, emergiendo. Y entonces Depardieu llega a mi cuarto y me pregunta qué demonios estoy haciendo aún despierto:
—Descansa, campeón, mañana te espera un día duro.
No imaginas cuánto, pienso mientras me contempla con ese gesto paternal que me repugna.

*          *          *

Colección Enseres Personales, El Atrapamundos. Septiembre 2010

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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