El amigo chancero

Portrait of screaming angry man on black background


El tío era un cachondo. Genial, desinhibido, ocurrente, capaz de bromear con el guardaespaldas de Bin Laden si se daba el caso. De actitud jacarandosa, sabía cuchufletas de todos los estilos y sus ocurrencias resultaban hilarantes, inmediatas y precisas. Era, sobre todo, un tipo listo. Un individuo de inteligencia media y espíritu acomodado que sobrevivía con holgura gracias a sus bufonadas convenientemente administradas, las cuales hacían sentir bien a casi todos, hasta que el tiempo comenzaba a erosionar las fachadas y dejaba al descubierto su perfil mezquino, interesado y grotesco.No tenía amigos, pero los colegas se agolpaban a su alrededor como vikingos ante una pierna asada. Era estupendo compartir con él una litrona, oír sus chistes verdes, sus historietas soeces, y carcajearse en comunidad hasta sentir agujetas. La vida es demasiado corta para existir triste, se justificaba. Porque con él la realidad era una cogorza permanente, una juerga padre de un día tras otro. Igual que un Peter Pan borrachín y pendenciero, se resistía a crecer y a dejar crecer a sus cercanos; su razón de ser era la risa: divertir y divertirse en toda circunstancia, sin más responsabilidades que las necesarias para asegurarse el siguiente cachondeo.

No hay nadie perfecto: el tipo trabaja más bien poco. Anima a los compañeros y a sus jefes con comentarios chisposos, pero escurre el bulto en cuanto puede y se reúne en las cafeterías con sus semejantes; eso sí, en horario de oficina porque después es el primero en irse. Sabe acompañar al que toma decisiones, se pega a los very important people como un piojo simpático y se coloca en pole position en todas las salidas importantes.

Aspira, simplemente, a estar contento. Descuida a su familia aunque, si está con ellos, les hace sonreír con payasadas. Es bienvenido a todos los saraos, saluda a los conserjes, a las camareras, a las secretarias y a las mujeres e hijos de sus superiores; conversa con simpatía natural en los encuentros de ascensor y se ofrece voluntario para realizar encargos que luego consigue endosar, con una gran sonrisa, a otros pringados. Precisamente ahora, está promocionando para convertirse en supervisor de ventas. Porque es capaz de venderle un microscopio a un ciego y hacer que lo agradezca.

Es un auténtico crack. Un tipo vividor y pendenciero que parece protagonizar una comedia inglesa. Un camarada inolvidable, carismático, al que se empieza tomándole cariño. Luego descubres que suele aprovecharse de tu buena voluntad y que, con frecuencia, te toca los testículos sin que te des cuenta.

Con una carcajada.

Como si fueras idiota.

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[Relato escrito y publicado para la revista IDN. Julio 2009]

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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