Chacho

Captura de pantalla 2015-10-16 a las 14.18.44

Tan solo usaba la cabeza para despejar.

Si bien dentro del campo era un futbolista táctico, equilibrado y bien posicionado, conocedor de sus recursos, de sus limitaciones, y capaz de elegir siempre la mejor alternativa; fuera de los terrenos de juego era todo lo contrario: irresponsable, disoluto y absolutamente impredecible.

Tampoco para él había sido fácil hacerse hueco en el fútbol profesional, a pesar de que desde muy niño todos alabaron su talento innato, su fiabilidad y su solvencia. O quizás por ello. Siempre fue considerado por los técnicos un jugador prodigio situado por encima del nivel de su categoría, que sabía rendir al cien por cien en cualquier momento y circunstancia. Pero ninguno de ellos, jamás, pudo afirmar que tenía la cabeza bien amueblada. De atmósfera social castrante, tenía unos padres poco preparados para orientar y encauzar al cuarto de sus cinco hijos, centrados como estaban en la lucha cotidiana para poder ponerles encima de la mesa un plato nutritivo de comida, un desayuno rico en grasas saturadas y una cena frugal cuando la había. El problema no era su pobreza, sino las limitaciones afectivas, educacionales y sociales que el entorno había grabado en su carácter, ya de por sí volátil. Y eso que su clan estaba, desde luego, muy orgulloso de él: todos acudieron al estadio cuando debutó en segunda división.

—¡Este Chacho nos va a sacar de pobres! —decía su padre entre ilusionado, jocoso y convencido, mientras su madre se deslomaba limpiando comunidades de vecinos por un sueldo irrisorio.

El chico tuvo estrella. Jugó buenos partidos y se consolidó en la primera plantilla; se convirtió en titular y firmó un contrato estándar, no especialmente elevado respecto a los de sus compañeros pero inalcanzable en cualquier otro trabajo, teniendo en cuenta sobre todo que se trataba de un tipo perezoso, indisciplinado y sin estudios. Un proyecto de nini que había dejado de serlo por su habilidad con el balón.

Sus representantes se esforzaron en tratar de controlar los dispendios económicos, y la mala vida, que el chaval se daba. Salía por las noches, con descaro y sin ambages, e intentaba aprovechar su popularidad para camelarse a los pivones, inalcanzables hasta entonces para él. No es que fuera guapo, pero resultaba atractivo entre las chicas más impresionables, a quienes sus ocurrencias y sus saladuras conquistaban, sobre todo, tras contarles a qué se dedicaba.

Se compró un coche deportivo rojo, muy en exceso excesivo, con cuyo mantenimiento sus padres habrían podido redecorar la casa entera. No es que fuera un mal hijo; de hecho hacía donaciones permanentes para colaborar en casa, pero era incapaz de resistirse a los caprichos. Eligió un apartamento de alquiler en pleno centro, se independizó, y al comprobar lo difícil que le resultaba vivir solo dudó entre contratar a una empleada doméstica o pedirle a algún rollete que vivieran juntos. Eligió esto último: en el año y medio que le quedaba de contrato pasaron tres mujeres por su casa. Una de ellas dos veces. No era fácil convivir con su manías y, en realidad, no había llegado nunca a estar enamorado. En paralelo, su actividad deportiva dejó de estar tocada por ese don divino del principio, los excesos le produjeron lesiones musculares, la discontinuidad afectó a su rendimiento y perdió definitivamente la titularidad. Envuelto en estas dudas, reaccionó muy mal ante un hincha local que le recriminó, en una discoteca, haber salido de fiesta después de una dolorosa derrota de su equipo. Se pelearon y terminaron en comisaría, con una doble denuncia y un ojo inflamado.

Cuando llegó el momento, el club decidió no renovarlo. Aunque era un jugador barato, la mala imagen exterior que proyectaba y la relación tirante con la grada les aconsejaron no hacerlo. La siguiente temporada encontró acomodo en un equipo modesto de segunda, al cual no se adaptó tan bien como a la marcha nocturna de aquella nueva ciudad.

Continuó su declive progresivo: bajó de categoría para seguir jugando y comenzó una breve carrera migratoria por media España. En ocasiones protagonizó algunos buenos tramos de temporada, pero ya nunca mantuvo la progresión inicial ni la continuidad requerida. Se dejó llevar por la vida licenciosa, hasta hacerla rutinaria, y pronto desapareció de las agendas de los principales directores técnicos españoles.

Se disipó su estrella como el líquido de un vaso de Coca Cola bajo un sol abrasador.

Hoy está en el paro. Recuerda con nostalgia su época triunfal mientras bromea con la camarilla sobre aquellas juergas vividas en su juventud.

Tiene mal aspecto: ha engordado, sus ojos están llenos de venillas rojas y su rostro se muestra cetrino y colorado a la vez, tintado a cercos por el vino, las cervezas y los destilados.

Mientras pide otro cubata, busca en los anuncios por palabras un puesto de trabajo en el que encaje su perfil. Ahora, cuando ya ni siquiera juega bien al fútbol, se encuentra solo, deprimido y arruinado.

Tiene por delante el resto de su vida.

Pero nadie lo ha entrenado nunca para encarar ese partido.

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Real Zaragoza / Fútbol y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s